sábado, 17 de febrero de 2018

HAY UNA MUJER TIRADA EN EL PARQUE

La luz cegadora del foco sobre los ojos y la anestesia adormeciéndole la boca. Las dos cirujanas que llevarán a cabo la operación hablan entre ellas sin prestarle atención. Juan trata de relajarse estirado en el sillón de la clínica dental. Le han dicho que la intervención durará un par de horas, como poco. Meses atrás le extrajeron todos los dientes por un problema de piorrea. Ahora le abrirán las encías para injertarle una especie de arenilla sintética que con el tiempo se convertirá en hueso. Cuando eso ocurra habrá una tercera operación en la que le implantaran unos tornillos donde, una vez cicatrizados, podrán ajustar la prótesis definitiva. Hay una bandeja adosada al sillón por un brazo articulado y sobre ella han dispuesto ordenadamente el instrumental quirúrgico que usarán con él. Bisturís, ganchos, taladros, pinzas… Las mujeres con las manos enfundadas en látex toman posiciones y le avisan de que van a empezar.
-¿Preparado?
Juan asiente con la cabeza. Una de ellas coge un bisturí.
-Abre la boca –le dice.
Dos horas y media más tarde sale de la clínica cubriéndose la boca con una bolsa de hielo. A través de la lengua puede notar los puntos de sutura que están dispuestos a lo largo del arco de las encías. Todavía no siente nada, tan solo un ligero atontamiento en la cabeza, pero le han advertido que según se le vaya pasando el efecto de la anestesia el dolor por los cortes y las perforaciones hará acto de presencia. Han añadido que durante los próximos días su cara estará hinchada y amoratada. Sin dientes se siente acomplejado y avergonzado, como un tullido al que le falta un miembro del cuerpo. Recuerda la primera vez que se miró en el espejo después de quedarse sin ellos. De pronto había envejecido treinta años. Así, sin más, el tipo que tendría que ser pasadas unas décadas estaba delante de él. Tuvo que enfrentarse a su imagen y concienciarse de que el reflejo que le devolvía el espejo era el suyo. Se detiene en una farmacia que está de camino y aguarda hasta que llega su turno. Cuando abre la boca para hablar es incapaz de vocalizar y por la comisura de los labios se le escapa un hilo de saliva y sangre que termina aterrizando sobre el mostrador. De inmediato, Juan lo limpia con el pañuelo. La farmacéutica se muestra comprensiva y actúa como si no hubiera pasado nada. En la clínica dental le han dado un papel donde han apuntado los medicamentos que tiene que tomar: una caja de antibióticos, otra de analgésicos, un tubo de gel cicatrizante y un cepillo bucal con las cerdas blandas. Se lo entrega a la boticaria para que ella disponga. La mujer va de un estante a otro recogiendo los productos que están anotados en la lista y los va dejando sobre el mostrador, luego desliza la mercancía por el escáner de la caja registradora, lo mete todo en una bolsa de plástico y se la pasa a Juan a cambio del importe del ticket.
Lo primero que hace al entrar en casa es tomarse la medicación. El dolor es soportable, no obstante, las pastillas tardan una media hora en ser efectivas e intuye que para entonces va a necesitar de toda su eficacia. Frente al espejo del baño ve que la hinchazón empieza a manifestarse en los carrillos. Se parece a Marlon Brando en el Padrino. Trata de imitar sus gestos y pronuncia algunas frases de la película, aunque nunca se le han dado bien las imitaciones. Va al dormitorio y se mete en la cama. Anoche no pudo dormir pensando en la operación y ahora está necesitado de sueño.
Se despierta con el sabor de la sangre en la boca. En el reloj marcan las diez y veinte. Ha dormido un montón. Lo bueno de haber pasado la tarde durmiendo es que esas primeras horas, que sin duda son las más dolorosas, han discurrido sin que le causen molestia. Nota la cara con la piel tirante a causa de la hinchazón. Tocarse es como palpar un balón de fútbol. Se levanta para ir a mirarse en el espejo del baño.
Se lo habían advertido, pero nunca pensó que la inflamación llegaría a esos extremos. Ha dejado de parecerse a Marlon Brando en el Padrino y ha pasado a ser el hombre elefante. Tiene hambre. No ha comido nada desde el desayuno. Va a la cocina, abre la nevera y observa los estantes. Ayer fue al supermercado e hizo acopio de purés, zumos, batidos, yogures y sopas. Es curioso lo mucho que se limita la oferta cuando no se tienen dientes para masticar. Prepara un puré de patatas y se lo come haciendo frente a un sinfín de dificultades. Después de cenar se encuentra mejor. Los analgésicos cumplen con su cometido y el dolor es llevadero. Enciende la tele y se acomoda en el sofá para dejar pasar las horas.
Tres de la madrugada. Está harto de tanta televisión, la apaga y se asoma a la ventana. Está nevando. Se fija que abajo, en el parque, hay una mujer con claros síntomas de embriaguez. Camina haciendo eses y gesticula como si estuviera hablando con un acompañante inexistente. No parece mayor de los cuarenta y su ropa da la sensación de ser elegante y cara. No da el perfil de la típica borrachuza. Al pasar por delante de uno de los jardines tropieza y cae de bruces. Intenta levantarse, pero las piernas vuelven a fallarle. Al final se rinde y queda tumbada en el suelo. Hace demasiado frío para dormir a la intemperie. Lo correcto sería bajar y ofrecerle ayuda, pero eso significaría complicarse la vida. Además, con la cara hinchada y sin dientes lo que menos le apetece es presentarse delante de alguien que encima está borracho. No es problema suyo, se dice, que se las arregle ella solita. Pasan los minutos y no puede quitarse a la mujer de la cabeza. Deja el libro que ha empezado a leer y se acerca a la ventana. Le queda la esperanza de que se haya ido, pero no, sigue ahí tirada. Tiene que hacer algo o se va a congelar. Coge el teléfono y llama a la policía local.
-Policía local. Dígame.
-Hoda, diamo pofque hay uda mufer firada en el farque.
De primeras, el policía piensa que el que llama está borracho y está a punto de colgar, pero Juan insiste y se hace oír. Vocalizando lo mejor que puede le explica lo de la mujer  tirada en el parque, el agente se compromete a enviar un coche patrulla para que se hagan cargo del asunto.
Pasan los minutos, el coche no llega. Calcula que la mujer lleva al raso una media hora. ¿Cuánto tarda un cuerpo en sufrir hipotermia? Enciende el ordenador y busca en la Wiquipedia:
La hipotermia es el problema más grave que aparece tras la exposición al frío ambiental y puede llegar a ser potencialmente mortal. Cuando la temperatura corporal desciende por debajo de los 35°C comienzan a producirse trastornos cardiovasculares, respiratorios, del sistema nervioso central y de la coagulación: desde taquicardia, hipoventilación, temblores, confusión, bradicardia, arritmias, rigidez, acidosis respiratoria, coma y muerte por debajo de 28 °C.
Consulta otras páginas. Todas vienen a decir lo mismo. Vuelve a la ventana. Los copos de nieve se acumulan sobre el cuerpo de la mujer. ¿Dónde coño se ha metido la policía? Se supone que ya tendrían que haber llegado. No es mi problema, se repite mientras toma asiento en el sofá. Le jode cargar con una responsabilidad que no es de su incumbencia, que le ha sido impuesta por puro azar. El enfado que siente le lleva a golpear la mesa con el puño. Tiene el mal tino de darle a la esquina del cenicero, éste sale proyectado hacia arriba golpeándole en una ceja.
Se inclina sobre el lavabo, sembrando de amapolas el blanco de la loza. Hay algo perturbador en contemplar la propia sangre. Frente al espejo examina los daños. Tiene un pequeño corte justo por debajo de la ceja del ojo derecho. Es posible que mañana amanezca con la zona del párpado amoratada. Otra hinchazón más que añadir a su deformada cara. Se desinfecta la herida y la cubre con una tirita. Aunque no tiene sueño se meterá en la cama e intentará dormir. No quiere saber nada de la mujer, prefiere pensar que los del coche patrulla han llegado y se han hecho cargo de ella. En la cama da vueltas, sin encontrar una postura en la que acomodarse. Tiene la piel de la cara tan tirante que cualquier roce con la almohada le produce escozor. Enciende la radio. Informan del tiempo. Dicen que seguirá nevando y que las temperaturas irán descendiendo a lo largo de la noche. Saber que hay alguien ahí fuera congelándose no ayuda a dormir. Entre el malestar de la hinchazón y los remordimientos de conciencia  se le hace difícil permanecer acostado, así que salta de la cama y sube la persiana para ver si la mujer sigue ahí. Efectivamente, continúa en el suelo con la nieve cubriéndole parte del cuerpo. Para más inri, los aspersores del parque están en funcionamiento y el agua llega hasta ella empeorando aún más la situación. Tiene que socorrerla inmediatamente. Se viste lo más rápido que puede para bajar a la calle.
Intenta reanimarla dándole tímidos cachetes en las mejillas, pero no reacciona. El agua de los aspersores llega en intervalos de unos pocos segundos. La coge por las axilas y la arrastra hasta quedar fuera del alcance de los chorros. Es necesario que su cuerpo entre en calor lo antes posible. No se le ocurre otra cosa que llevarla a casa. Carga con ella hasta el portal. Una vez ahí, la mete en el ascensor. Llegan a su piso, entran y van directos al baño. Mientras la bañera se llena con agua caliente, él le va quitando las prendas mojadas, todo excepto la ropa interior. Es una mujer muy atractiva. No sabe por qué pero tiene la impresión de conocerla de algo. Cuando la bañera está llena, cierra el grifo y la mete dentro. El agua caliente la hace reaccionar y abre los ojos. Al contrario de lo que él pensaba, la mujer no se sorprende de estar dónde está y no parece impresionarle el rostro deformado del anfitrión.
-¿Quién eres? –pregunta con un hilillo de voz.
Esforzándose por vocalizar y tirando de pantomima, Juan se presenta y la pone al tanto de las circunstancias. Es curioso, no solo le resulta familiar la fisonomía de la mujer, también su voz. Ahora que está mejor, Juan le trae ropa seca y la deja a solas para que pueda vestirse. Un poco más tarde, la mujer entra en el salón. Lleva el pelo mojado y peinado hacia atrás. ¿Por qué le resulta tan familiar esa mujer? Juan se ofrece a preparar un caldo o un té, pero ella rechaza ambas opciones.
-Prefiero algo más fuerte –dice.
Él no bebe, pero recuerda que aún queda un poco de brandy que suele usar para cocinar. Va a por la botella y le sirve una copa.
-¿Qué te ha pasado en la cara? –pregunta la mujer.
Juan se lo dice. Después permanecen en silencio, ella bebiendo el coñac, él preguntándose de qué le suena tanto su cara. Mientras vacía la copa algo pasa por su cabeza que la hace derrumbarse y empezar a llorar. Él no sabe qué hacer para consolarla, se limita a entregarle un pañuelo de papel para que pueda secarse las lágrimas. Ella se disculpa y dice que tiene que irse. Juan le sugiere que pase la noche ahí. El sofá es grande y mullido y podrá descansar cómodamente. Pero no puede quedarse, debe volver cuanto antes a su hotel. Mañana a primera hora tiene una cita de trabajo a la que no puede faltar. Le pide que llame a un taxi para que venga a recogerla. Juan se ofrece a llevarla él mismo. El garaje está en los bajos del edificio y pueden acceder directamente cogiendo el ascensor. Antes, meten la ropa mojada en una bolsa de plástico para que pueda llevársela.
            Sigue nevando. Las calles parecen el escenario de una postal navideña. Dado las horas que son apenas hay tráfico. Dentro del coche ambos se mantienen en silencio, mirando los copos que vienen a estrellarse contra el parabrisas. Juan se fija en un coche que está estacionado en doble fila con las luces de posición encendidas. Al otro lado de la calzada una mujer de avanzada edad está arrodillada junto a un terrier aplastado, llorando amargamente el atropello de su mascota. Un par de metros más allá, el conductor del vehículo fuma con aptitud abatida. Al pasar junto a ellos, Juan levanta el pie del acelerador para ver mejor lo ocurrido. La mujer siente empatía por la anciana y los ojos se le llenan de lágrimas, otra vez.
-La vida es cruel -dice.
Juan calla, hay situaciones donde las palabras sobran. Sigue conduciendo, mirando al espejo retrovisor. Las figuras quedan atrás, como en un mal sueño. La mujer llora durante el resto del trayecto. Al llegar al hotel, le pide que espere unos minutos para que pueda subir a la habitación a cambiarse y devolverle la ropa que le ha prestado. Juan le dice que son prendas que ya no usa y puede quedárselas. Ella insiste, alega que es lo menos que puede hacer después de todos las trastornos que ha causado. Dicho esto, entra en el hotel. Él espera con el motor encendido. Al rato, se acerca un empleado del hotel. Le entrega la ropa y le pide disculpas en nombre de la mujer por no haber bajado ella misma. De regreso a casa se siente dolido, esperaba una despedida más cordial por parte de ella. Después de todo, puede que él le haya salvado la vida.
            Al día siguiente, Juan se levanta bastante tarde. En la boca, un desagradable sabor a sangre y a medicinas. Si ayer su cara era la del hombre elefante, hoy es la del hombre elefante con paperas. Tiene el rostro tan inflamado que casi no puede abrir los ojos, y la piel tan tirante que con cualquier gesto teme que se le pueda rasgar, eso en el caso de que pudiese gesticular. Al entrar en la cocina ve que sobre la encimera hay dos de tarros llenos de sopa. Junto a ellos una nota de su madre:
He venido esta mañana, pero estabas durmiendo y no he querido despertarte. Ahí te dejo unas sopitas. He pensado que te vendrán bien. Si necesitas algo más, llámame. Te quiero.
También ha dejado unos periódicos del día. Detalles que solo puede tener una madre. La llamará más tarde para agradecérselo. Prepara café, recoge los periódicos y va al salón a desayunar. Al hojear la sección de cultura, cuál es su sorpresa al ver a la mujer de anoche retratada a media página. El titular que encabeza el artículo dice: La famosa actriz de televisión inicia el rodaje de su primera película en tierras riojanas. Claro, por eso le sonaba tanto su cara, su voz y sus gestos. La ha visto en multitud de series y anuncios. Lo extraño es que no la reconociese al momento. Puede que la falta de maquillaje la hiciesen parecer una persona corriente, alguien que estaba pasando por un mal momento. Sin embargo, en la foto sonríe feliz. Ni asomo de la tristeza que anoche empañaba sus ojos. Juan intuye que la sonrisa que luce en el periódico es parte de una máscara, que el verdadero rostro de la famosa actriz es el que él tuvo delante.

pepe pereza

jueves, 25 de enero de 2018

CARNE DE PRIMERA

Añade el arroz y espera delante de la cazuela hasta que el caldo empieza a cocer y la primera almeja abre la concha. De seguido, las otras hacen lo propio en una coreografía que parece ensayada de antemano. Es un espectáculo que siempre le gusta contemplar. Baja el fuego al mínimo y sale de la cocina para ir al salón. Se sienta en el sillón frente a la mesa camilla, se arropa con la faldilla y enchufa el brasero eléctrico. Mientras lía un cigarro un racimo de pensamientos cruzan por su cabeza como moscas por una habitación, sin dejar huella. En el reloj marcan las tres y diez minutos de la tarde. Desde que enviudó se ha abandonado al horario nocturno y alarga las horas de madrugada viendo cualquier cosa que pongan en el televisor, en consecuencia se levanta bastante tarde. Enciende el pitillo y apoya las alpargatas sobre la chapa del brasero para que el calor le suba por los pies. Anoche escuchó en el parte meteorológico que iba a nevar. No le gusta la nieve. La fobia le viene de su época de soldado. En la mili le destinaron a un cuartel ubicado en la cima de una montaña que colindaba con Los Picos de Europa. Era una base de transmisiones con dos grandes antenas parabólicas asentadas en el interior del recinto. A mil ochocientos metros de altitud las ventiscas y las tormentas de nieve estaban a la orden del día. Recuerda que el primer día se fijó en que de las cuatros garitas que custodiaban el cuartel, a una de ellas le faltaba parte de una pared. Era como si la hubieran derribado con un ariete. Preguntó qué había pasado y le contaron que un soldado se quedó dormido mientras hacia la guardia. Aquella noche la temperatura cayó en picado y cuando fueron a hacerle el relevo vieron que el chaval había muerto congelado. Debido a su postura final, en cuclillas y con el cetme firmemente aferrado en las manos, no había forma de sacarlo por la puerta de la garita.  Por eso tuvieron que tirar la pared. Apaga el pitillo y se levanta para ir a la cocina. Por experiencia sabe que lo que tarda en fumarse un cigarro es el tiempo justo para que el arroz esté en su punto. No se molesta en usar un plato, comerá directamente de la cazuela.
Con el estómago lleno suele sentarse a leer, pero hoy no encuentra las gafas de cerca. Las ha buscado por todas partes y no hay manera de dar con ellas. Esa memoria suya cada día va peor. Aunque se ha levantado tarde, con el calor del brasero no tarda en quedarse traspuesto. Vístete para ir a misa, escucha decir a su mujer. Hace amago de ir a ponerse el traje de los domingos, pero enseguida se da cuenta que su mujer lleva años enterrada y que todo ha sido un sueño. La verdad, no la echa de menos. Era una frígida que solo pensaba en asistir a misa y en rezar. Su fe rozaba el fanatismo. De no haber sido por las prostitutas que él solía frecuentar su vida sexual hubiera sido inexistente. A ver si se acuerda de pasar por el cementerio y le lleva unas flores. Enciende la tele. Un cocodrilo gigantesco asesta una dentellada a un ñu que se ha acercado a la charca a beber. El leviatán lo zarandea y lo arrastra a las profundidades para devorarlo. Eso le recuerda que mañana tiene que ir al mercado a comprar carne. Pero no lo hará en la carnicería de siempre, la última vez que estuvo allí le timaron. Pagó por un buen chuletón, pero cuanto la carne estuvo en la sartén empezó a soltar agua, señal de que el animal estaba vacunado con hormonas de crecimiento y otras mierdas. Con su pensión solo puede permitirse comer carne una vez cada quince días y le fastidia que un carnicero sin escrúpulos le prive de ese capricho. Se escuchan unas pisadas en el piso de arriba, son los hijos del matrimonio que vive ahí que están echando carreras en el pasillo.
-Malditos bastardos.
Alcanza el bastón y aporrea el techo con él. Hay marcas de haber golpeado anteriormente en esa zona. Por el momento paran los correteos. Abre la bolsa de tabaco para liarse otro pitillo. Su médico le ha prohibido fumar, pero él lleva haciéndolo toda la vida y no va a parar ahora. Llaman al timbre. Deja el cigarro a medias y arrastra las alpargatas hasta el portero automático.
-¿Quién llama?
-Correo comercial ¿Me abre, por favor?
-Váyase a la mierda y deje de molestar a la gente.
Cuelga el telefonillo con rabia. ¿Quién se creen que son para llamar a su puerta? ¿Acaso él va llamando a las puertas de los demás? Debería darles vergüenza. Hace rato que algo le molesta en las encías. Ya que está ahí aprovecha para entrar en el baño. Un grano de arroz se ha quedado adherido en la prótesis. Se quita la dentadura superior y la pone bajo el grifo, una vez que está limpia se la vuelve a encajar en la boca. Al mirarse en el espejo descubre que las gafas que ha estado buscando están sobre su cabeza. Maldice el despiste y regresa al salón. Por la ventana ve que está nevando. Como le dé por helar mañana no podrá ir al mercado. Correría el riesgo de resbalarse. ¿Y qué sería de él con la cadera rota o una pierna escayolada? ¿Cómo se las arreglaría? En el parque de abajo un grupo de niños se arrojan bolas de nieve. Con esa edad están inmunizados contra el frío y las enfermedades, no hay miedo a las caídas ni a los resbalones. Vuelve a la vera del brasero. En el televisor los cocodrilos aguardan a sus presas sumergidos en aguas poco profundas, por su parte los ñus se debaten entre el miedo a ser devorados y la necesidad imperiosa de beber. Está harto de fauna africana. Apaga el televisor y termina de liarse el cigarro que había dejado a medias. En el alféizar de la ventana la nieve empieza a acumularse. Hace amago de levantarse para echar un vistazo, pero se lo piensa mejor y sigue pegado al brasero con el pitillo en la boca. Se aburre. El aburrimiento es inherente a su persona, habita en él como un pulmón o sus problemas renales. Ya que ha encontrado las gafas se plantea retomar la lectura del libro que tiene a medias, pero está anocheciendo y no le apetece encender la luz. Prefiere seguir fumando.
            Al día siguiente, sale de casa a media mañana para ir al mercado. Antes de pisar la calle se ha abrigado a conciencia y camina blindado bajo varias capas de ropa. No le gusta usar el bastón, pero dado que nieva es preferible llevarlo. Tres puntos de apoyo son mejor que dos. Realmente no sabe si está nevando o es el viento que con sus rachas levanta los copos de suelo y los zarandea por el aire de un lado a otro. Anda con precaución, apoyando el peso de su cuerpo en una pierna y distribuyéndolo en el bastón antes de pasarlo a la otra. Nunca levanta un píe hasta que el otro está bien asentado. Cuando ve venir a alguien, se detiene y le deja pasar. No quiere empujones sorpresa que le hagan perder el equilibrio. Mejor prevenir que curar. Llega a una urbanización de casas unifamiliares que están rodeadas de plazoletas y jardines. Años atrás toda esa zona fue un cuartel de artillería. Dentro de sus muros estaba la mejor piscina de la ciudad. La más limpia y cuidada, con el agua siempre transparente y en su justa medida de cloro. La recuerda rodeada de césped y rosales. Siendo un chaval se hizo amigo de los hijos de un teniente, gracias a eso, cuando llegó el verano tuvo acceso libre al cuartel y de paso a la piscina. ¿Cómo se llamaban ellos? Uno era un año mayor que él, el otro de su misma edad. Puede ver sus caras como si los tuviera delante, pero ha olvidado sus nombres. Lo que sí recuerda es lo bien que se lo pasaban en aquella piscina. Los soldados rasos tenían prohibida la entrada y rara vez se acercaba el familiar de algún mandamás, así que prácticamente solo la usaban ellos. Era genial bañarse allí. Llegaban a media mañana, cuando el sol estaba alto y pegaba con fuerza. Se ponían el bañador en los vestuarios y corrían hasta el trampolín para saltar de cabeza al agua. Calcula que la piscina estaría más o menos por donde está pasando. Se detiene para intentar ubicarla con exactitud. Sí, estaba ahí, y los vestuarios un poco más allá. Por extraño que pueda parecer, para él el aquí y ahora no es tan real como los recuerdos que conserva en la memoria. El pasado guarda más relación con su persona que la propia actualidad. El presente no deja de ser un lugar confuso que ha dejado de comprender y que carece de interés. Sin embargo, del pasado conserva aquellos recuerdos y emociones que vivió en su juventud y que a día de hoy siguen frescos y jugosos como si los hubiera vivido ayer mismo. Ahora que lo piensa, antes la carretera era más estrecha, por lo tanto la piscina estaba más allá y los vestuarios se encontraban justo donde está parado. Una vez que estaban poniéndose el bañador, los hijos del teniente y él compararon sus penes. Cuál fue su decepción al descubrir que el suyo era con diferencia el más pequeño. La naturaleza había dotado generosamente a los hermanos mientras que a él lo dejaba en evidencia. Hace demasiado frío para estar parado en mitad de la calle. Se apoya en el bastón y sigue andando. El viento no siempre lleva la misma dirección y sacude de un lado a otro la nieve que cae. Llega a un semáforo y se detiene junto al bordillo, esperando que se ponga en verde. Cuando lo hace, se asegura de que los coches estén parados, solo entonces se dispone a cruzar. Esos aparcamientos de la izquierda antiguamente fueron un colegio. Él pasó varios años estudiando en aquellas aulas. Recuerda con especial afecto a Don Carmelo, un profesor de literatura que supo despertar en él el interés por la lectura, cosa que le agradecerá eternamente. ¿Qué habrá sido de ese hombre? Seguro que falleció hace años. Casi todo el mundo que conoce ha muerto o está pendiente de ello. Toma una de las calles peatonales. Falta más de un mes para que lleguen las Navidades, sin embargo el centro de la ciudad ya está decorado para la ocasión. Los comercios y escaparates hacen gala de toda una variedad de espumillones y bolas de colores. Mires donde mires hay motivos navideños. Se ha instalado un hilo musical a lo largo de las calles principales y desde primera hora suenan villancicos. Nunca le han gustado esas fiestas. Cuando vivía su mujer estaba obligado a celebrarlas, pero ahora que está solo las ignora completamente. Se fija en la gente que deambula por la avenida. La mayoría va atenta a la pantalla del móvil. En sus tiempos las personas se saludaban, se paraban para hablar, se preguntaban los unos por los otros, había comunicación, una preocupación por el prójimo, pero ahora todo es distinto… ¡Javi y Miguel! Así se llamaban lo hijos del teniente. Por fin se ha acordado. Un poco más adelante está el Mercado de Abastos. El edificio consta de tres plantas. Para llegar a las superiores hay que subir por unas amplias escaleras dispuestas a los flancos. Como él no se atreve a subir por ellas se limita a recorrer los puestos de la planta baja. A su mujer le gustaba comprar en las grandes superficies. Decía que todo era más barato, pero él prefiere la sobriedad del mercado. En las grandes superficies todo está enlatado o metido en bolsas de plástico, por el contrario, aquí la mayoría de los productos son frescos y de garantía, los puedes ver, oler, tocar. Llega a la carnicería que suele frecuentar. No tiene intención de comprar ahí, lo único que quiere es formular sus quejas al carnicero y es lo que hace. Le dice que no volverá a tenerle como cliente porque la última vez le vendió un filete bastante decepcionante. Sin más que añadir se aleja del lugar apoyándose en el bastón. Así se hace, se dice, le has cantado las cuarenta a ese sinvergüenza. Se siente satisfecho consigo mismo por haberse permitido el desahogo. Unos puestos más allá hay otra carnicería. La regenta una joven que una vez le atendió con eficacia y simpatía. Hay varias personas delante del mostrador. Se pone a la cola a esperar su turno. Ahora que se fija, la carnicera le recuerda a una novia que tuvo antes de conocer a la beata de su mujer. ¿Cómo se llamaba? Maldita memoria la suya. Lo que sí recuerda es que era una persona muy adelantada a su época. Tenía una fuerte personalidad y no se cohibía a la hora de imponer sus gustos, sobre todo en el sexo. En la cama le gustaba cabalgar sobre él como una auténtica amazona. Aquello sí que era carne de primera.

pepe pereza

domingo, 21 de enero de 2018

EL MUÑECO DE NIEVE

En la radio alguien diserta sobre la inexistencia del presente. Afirma que el presente tal como lo entendemos es un concepto erróneo. Según sus palabras hubo un pasado y habrá un futuro, pero no un presente, al menos para el ser humano. Por lo visto, el cerebro de las personas tarda unas milésimas de segundo en procesar cualquier dato y cuando lo hace ese dato ya pertenece al pasado. Ejemplo: un roce en la mano. Para cuando el cerebro es consciente del roce ya es un hecho consumado. Pasa un tren de mercancías. Uno que debe medir un kilómetro de largo y que mete un ruido infernal. Carmelo asegura que siempre que dicen algo interesante en la radio pasa un tren. Y es que vive en un piso de alquiler que está a treinta metros escasos de la vía. Lleva ahí cinco años y sigue sin acostumbrarse. Al principio salía al balcón, le gustaba ver a los pasajeros dentro de los vagones, diapositivas que pasaban a toda velocidad. Ahora ni se molesta. El ruido de los trenes le priva de cantidad de cosas interesantes que hablan en la radio. Espacios vacíos de información que han sido interrumpidos y ocupados por el traqueteo incesante de las locomotoras. Por su culpa no sabe qué distancia hay entre la Tierra y la Luna, quién delató a John Dillinger, la edad de la mujer más longeva del planeta, qué pasó en el Chelsea Hotel entre Leonard Cohen y Janis Joplin, el verdadero nombre de Kirk Douglas, el significado de las siglas THC, cómo y por qué perdió la mano Valle-Inclán, cuánto tiempo vive una mosca… Una y otra vez, con el paso de los trenes toda una serie de conocimientos le son negados, arrebatados impunemente por el simple hecho de vivir junto a las vías del ferrocarril. Noventa y cinco, noventa y seis, noventa y siete, noventa y ocho, noventa y nueve y última. A Carmelo le encanta acabar una sesión de cien abdominales y notar todos los músculos tensos. Es una sensación que le hace sentir poderoso. Y es que le entusiasma cincelar cada músculo como si de un escultor se tratase. Se podría decir que junto a escuchar la radio son las dos cosas que más le satisfacen. Con el ejercicio cuida su cuerpo y con la radio estimula su mente. Suena el teléfono. Es Martín.
-Paso a recogerte en quince minutos -dice.
-Ok, te espero abajo.
-Abrígate, donde vamos hace un frío que pela.
Dentro de la furgoneta huele a tabaco y a sudor. Carmelo tolera el olor a sudor pero el tufo del tabaco no lo soporta, por eso va asomado por la ventanilla. El viento choca contra su cara y si abre la boca los papos le inflan con el aire. Le gusta ir con la ventanilla abierta. A Martín no.
-Joder, tío, por tu culpa se me están congelando las pelotas.
Un solitario copo de nieve desciende del cielo para precipitarse directamente en la lengua de Carmelo. Enseguida cae otro y otro más. Según ascienden por la carretera la nevada se intensifica y el paisaje poco a poco se va cubriendo de blanco. Salen de la general y se adentran por una comarcal que está llena de baches y curvas cerradas. Tienen que ir despacio porque la nieve cubre el asfalto y a un lado de la carretera hay un barranco que cada metro que avanzan gana en altura. Después de varios kilómetros de ascenso alcanzan la cima y llegan a los límites de un pintoresco pueblo. Al igual que el resto de los tejados, el campanario de la iglesia está cubierto de nieve y se distinguen varios nidos de cigüeñas. Carmelo escuchó en la radio que las cigüeñas ya no migran al sur, algo relacionado con el cambio climático. Siguen por la calzada, pero no se adentran en la villa, lo que hacen es bordearla y coger un camino adyacente que lleva al bosque. La vereda está plagada de baches y socavones y flanqueada de helechos y eucaliptos. Llegan a un caserón con las paredes de piedra y detienen la furgoneta a la entrada. Martín se apea ajustándose el cuello de la cazadora, se enciende un cigarro y aspira el humo con ansia. Frente a la casa alguien ha modelado el típico muñeco de nieve, con dos piedras como ojos y una zanahoria de nariz. Martín se acerca a él y lanza una patada de kárate que lo deja sin cabeza. Luego llama a la puerta, cuando le abren se sacude la nieve de encima y entra. Carmelo aprovecha que se ha quedado solo para poner la radio. Mueve el dial para dar con una emisora que incluya tertulias y debates. Da con una en la que están hablando de la economía de gestos aplicada a las técnicas de alto rendimiento para atletas de élite. A él le interesa todo lo que tenga que ver con el deporte, así que sube el volumen y atiende a lo que dicen. Un grupo de científicos se han dado cuenta de que las personas perezosas utilizan menos movimientos a la hora de realizar cualquier actividad que las personas normales. Y se han propuesto usar ese conocimiento para aplicarlo al deporte en general. Dado que un deportista de nivel necesita de toda su energía para sacar el máximo provecho de sus músculos, han elaborado un programa informático para eliminar los movimientos sobrantes a la hora de competir. Evidentemente, dicho programa se ajusta a cada especialidad. Es decir, si un ciclista solo necesita mover las piernas para pedalear, el programa le ayudará a suprimir el resto de movimientos superfluos… La puerta del caserón se abre, pero no es Martín el que sale, es un niño de unos diez años que va abrigado con anorak, gorro de lana, manoplas y botas altas. Corretea y se divierte con los copos que caen. Carmelo lo ve jugar desde el interior de la furgoneta sin perder palabra de lo que dicen en la radio. El niño sigue así hasta que ve al muñeco decapitado y se pone a llorar. Carmelo baja de la furgoneta para tranquilizarle.
-No pasa nada. Esto se puede arreglar –le dice.
Se pone a dar forma a una pelota de nieve y la coloca encima del montículo que sirve de cuerpo.
-Lo ves, ya está solucionado.
El niño deja de llorar y sonríe con un hilo de moco colgando de la nariz. Carmelo recoge del suelo la zanahoria y las dos piedras que hacían de ojos.
-¿Quieres que pongamos esto aquí?
Señala la cara del muñeco. Antes de que el niño pueda contestar sugiere otra zona.
-¿O mejor aquí?
Inserta las piedras en el lugar donde estarían los testículos y clava la zanahoria justo por encima, como si fuera un pene erecto. El niño mira desconcertado, sin saber muy bien qué está pasando.
-Imagino que tú tendrás una colita parecida. Déjame ver.
Carmelo lleva la mano a los genitales del niño. A través de la tela del pantalón nota un gusano flácido y minúsculo. No conforme con eso, intenta bajarle la cremallera para palpar el miembro en vivo, pero antes se escuchan unas voces procedentes del caserón. Unos segundos más tarde se abre la puerta. El niño aprovecha para correr hasta el interior de la vivienda. Al entrar casi se lleva por delante a Martín, que sale con un paquete envuelto en papel de estraza.
-Echa el freno, campeón, que me atropellas –le regaña.
El niño está demasiado asustado para atender y sigue corriendo para refugiarse en algún lugar seguro. Martín se enciende un cigarro y arroja el paquete a Carmelo. De camino a la furgoneta se fija que el muñeco de nieve tiene la polla tiesa.
-Este mamón se alegra de verme –dice lanzando una patada al estilo Bruce Lee que lo decapita de nuevo.
El viaje de vuelta transcurre sin incidentes. Llegan a la circunvalación. Antes de entrar en la ciudad, cogen el desvío que lleva al polígono industrial. Lo sobrepasan y toman el camino que va paralelo al río, siguen por él hasta que alcanzan un poblado de chabolas. Se adentran entre las casuchas, giran varias veces por estrechos callejones hasta llegar a un patio repleto de chatarra. Enfrente está la choza donde se dirigen.
-Si en diez minutos no salgo entras a buscarme –le dice a Carmelo.
-Ok.
Martín sale de la furgoneta cargando con el paquete. Siempre se pone nervioso cuando tiene que entrar en ese antro. Aquí no nieva, pero la temperatura ronda la mínima. Se sube el cuello de la cazadora, enciende un cigarro y le da unas caladas apresuradas antes de llamar al timbre. Le abre la misma anciana de siempre. Entra y la puerta se cierra detrás de él.
Pasa un tren. Las vías están al otro lado del poblado y se escucha con claridad el traqueteo de las ruedas sobre los raíles. Carmelo sabe que en breve ese tren pasará por delante de su casa, que es justo donde le gustaría estar. Mira la hora. Han transcurrido más de siete minutos desde que Martín entró en la chabola. Normalmente no tarda tanto. Justo cuando está a punto de preocuparse, se abre la puerta y aparece. Guiña un ojo y enseña un pequeño fajo de billetes. Todo va bien. Monta en la furgoneta y ponen rumbo a la ciudad.
A esa hora el tráfico es un caos. Cada dos por tres hay que parar en un semáforo o ceder el paso en las rotondas. Carmelo le pide a Martín que lo deje ahí mismo. El resto del camino prefiere hacerlo a pie.
Al llegar al barrio, observa que a lo lejos hay un tren detenido. No es normal que esté ahí. Además, hay varios coches de policía detenidos junto a las vías. Algo pasa. Se acerca a fisgonear. Por lo que dicen, un hombre ha sido arroyado por el tren y la vía está llena de restos humanos. Se especula sobre la identidad del tipo. Unos piensan que era un vagabundo, otros que un loco que se ha escapado del manicomio, hay quien sugiere que era un despistado que no atendió a la llegada del tren. Aunque no es probable, la visibilidad a ambos lados de la vía es buena. Lo más seguro es que fuera un suicida. Hace unos días, Carmelo escuchó en la radio que el número de suicidas ha aumentado considerablemente en los últimos años. Lo achacan a la crisis y al desempleo. Es triste que suceda esto, piensa. Unos metros más allá, se reúne un grupo de niños que al igual que él han llegado atraídos por la curiosidad. Carmelo aprovecha la oportunidad y se acerca a hablar con ellos.


pepe pereza

jueves, 18 de enero de 2018

LA ARAÑA

La buhardilla es vieja, fea, húmeda y sin comodidades. Cualquier adjetivo peyorativo valdría para definir parte o un todo de la vivienda. En apenas veinte metros cuadrados se distribuyen un diminuto baño, una cocina encajada en cuatro baldosas y una especie de habitáculo que lo mismo sirve de salón que de dormitorio, según convenga. El mozo que le ha ayudado con la mudanza se acaba de ir y el poco espacio que ofrece la estancia está ocupado por una docena de cajas sin desembalar. Cuando la encargada del alquiler le enseñó la buhardilla, la luz diurna entraba por las ventanas y entonces no le pareció tan deprimente como ahora, que luce bajo el tenue resplandor de una bombilla de cuarenta vatios. Suena el móvil. Es su madre.
-¿Qué tal la mudanza? –pregunta ella.
-Hemos acabado justo en este momento.
-Me parece una tontería que te hayas mudado a un cuchitril teniendo aquí tu antigua habitación.
-Mamá, ya hemos hablado de eso y no quiero volver a hacerlo.
-Como quieras, pero si necesitas algo ya sabes dónde estamos tu padre y yo.
-Lo sé.
-¿Tú estás bien?
-Lo estoy llevando lo mejor que puedo.
-¿Trabajas mañana?
-No, me he tomado unos días de vacaciones para ir adaptándome a la nueva situación.
-Haces bien. Tómatelo con calma, hijo.
-Eso haré, mamá.
Después de colgar va al baño. Dentro hay una telaraña enorme que se despliega desde el techo hasta paredes. Mira por los rincones intentando localizar al artífice de tan colosal obra. No le dan miedo las arañas, pero por el tamaño de su tela conviene ser precavido. Mientras retira las hebras con la escobilla del váter mira de reojo por si aparece la araña, pero no se la ve por ningún sitio.
Es temprano para irse a la cama, pero después de un día de ajetreado se siente cansado y decide acostarse. Para desplegar el sofá-cama debe dejar espacio libre. Apila las cajas junto a la pared y las sobrantes las lleva a la cocina. Mañana ya se ocupará de colocar cada cosa en su sitio. Una vez extendido el colchón se tumba sobre él, es incómodo y partes del somier se le clavan en la espalda. Se resigna al nuevo lecho y enciende un cigarro mientras espera a que vaya llegando el sueño. El cuerpo le pide descanso, pero la cabeza no deja de plantearle preguntas para las que no hay respuestas. Qué feas se ven las cosas cuando el futuro está iluminado con una bombilla de cuarenta vatios.
En mitad de la noche se despierta tiritando. No está acostumbrado a dormir solo y echa de menos el calor de otro cuerpo. Además, la temperatura es tan baja que parece que esté dentro de una cámara frigorífica. Salta de la cama y se acerca a la ventana. Durante el tiempo que ha estado durmiendo ha nevado y todos los tejados están blancos. Nota cómo el frío se filtra por las paredes y suelo. Abre algunas cajas en busca de ropa de abrigo. Se pone por encima varias camisetas y un grueso jersey de lana junto a un pantalón de chándal. Sobre la colcha extiende un albornoz y un abrigo a modo de mantas. Con todo, vuelve a meterme en la cama e intenta dormir.
No ha podido pegar ojo en toda la noche a causa del frío, así que lo primero que hace al levantarse es bajar a la calle y acercarse a un centro comercial. Entre otras cosas hace acopio de varias camisetas térmicas y forros polares, además de un edredón y un calefactor. La buhardilla es pequeña y cree que con el aparato será suficiente para caldear el ambiente. Cuando le llega el turno de pagar, la cajera le aborda con una pregunta:
-¿Te acuerdas de mí?
El caso es que su cara le resulta conocida, pero no sabe de qué.
-¿No recuerdas a una niña flacucha y con coletas que vivía enfrente de vuestra casa?
-¿Charito?
-La misma, pero ahora todos me llaman Charo.
-Joder, hacía años que no nos veíamos. ¿Qué tal te va la vida?
-Bien. Dentro de poco seré mamá –dice apartándose de la caja para mostrar su vientre.
-Me alegro de que te vaya bien.
-Veo que a ti también te han cazado –dice señalando al anillo de casado que él lleva en el dedo.
-Sí, hace tiempo.
-Espero que felizmente.
-Sí… sí, muy feliz.
Siguen charlando, poniéndose al día mientras ella pasa los productos por el escáner de la caja. Después de que él paga, ambos se despiden hasta la próxima.
El calefactor lleva encendido desde hace más de una hora y el cambio de temperatura no se nota. Suena el móvil. Es ella, su ex mujer. El pulso se le acelera y empiezan a temblarle las manos. Tiene que armarse de valor antes de contestar.
-¿Cuándo vas a venir a recoger el resto de tus cosas? -pregunta ella.
-Me he traído todo lo que necesito, con lo demás puedes hacer lo que quieras.
-Otra cosa, te recuerdo que pasado mañana firmamos los papeles. No faltes.
-No te preocupes, allí estaré.
Después de colgar tiene que sentarse durante unos minutos para recuperarse. Desde que han decidido separarse, cada vez que habla con ella se agobia y sus inseguridades aparecen para cohibirle y amedrentarle. Es como si hubiera perdido la confianza, como si todos los vínculos que han establecido durante los años de matrimonio hubieran desaparecido de golpe y ella fuera una extraña con la que está obligado a hablar de cosas demasiado personales. Aún le tiembla el pulso cuando se acerca al baño. Al entrar se lleva por delante una nueva telaraña. Se la quita de encima a base de manotazos. Luego busca a la araña para acabar con ella. Mira por los todos los rincones, pero no la encuentra. Nota mental: comprar insecticida.
Una vez desembaladas las cajas y ordenado cada cosa en su sitio, la buhardilla empieza a parecer un verdadero hogar. Aunque la tarea le ha costado casi todo el día, se siente satisfecho con el resultado. A pesar del ajetreo sigue teniendo frío. Lo malo con el calefactor es que solo es eficaz si se está cerca de él. Comprarlo ha sido una pérdida de tiempo y de dinero. Tiene hambre. Pedirá una pizza por teléfono y la acompañará con una botella de buen vino. Es la primera vez que va a cenar en la buhardilla y quiere celebrarlo.
Al día siguiente se despierta con resaca y un malestar en el cuerpo que roza la enfermedad. No ha parado de toser en toda la noche y es posible que tenga fiebre. Para más inri, en cuando pone los pies en el suelo suena el móvil. El timbre es el equivalente a una broca taladrándole la sien. El que llama es el abogado que está llevando el tema de la separación.
-Te llamo para recordarte que mañana tenemos cita para la firma de los papeles.
-Descuida, lo tengo presente.
-¿Quieres que quedemos todos un poco antes para darles un repaso?
-No, ya están repasados y requetepasados.
-Como quieras. Entonces, mañana a primera hora nos vemos en mi despacho.
Deja el móvil sobre la mesilla y termina de vestirse. Por mucha ropa que se pone sigue teniendo frío. Además, siente que la cabeza le va a reventar. Se arrepiente por haber bebido tanto la noche anterior. El alcohol no le sienta bien, sus borracheras nunca han sido divertidas, que él recuerde siempre que se ha pasado con la bebida ha terminado pagándolo. Sobre la mesita están los restos de la pizza y la botella casi vacía de vino. La imagen le produce náuseas. Corre al retrete a vomitar. Una vez expulsado del cuerpo todo lo que el estómago se ha negado a digerir llega un momento de respiro. Entonces, ve otra telaraña. Es más pequeña que las anteriores y solo ocupa una de las esquinas del techo. Maldita sea, debe buscar una solución para acabar con el bicho. Se le ocurre que si deja el ventanuco abierto tal vez decida marcharse. Si la araña no se va, al menos cabe la posibilidad de que muera de hipotermia.
A lo largo de la tarde el catarro va a peor. No tiene medicamentos a mano y con la temperatura que hace en el exterior no le apetece salir en busca de una farmacia. Aunque duda de dónde hace más frío, si en la calle o dentro de la buhardilla. Se toca la frente, está ardiendo. Decide meterse en la cama. Mañana será un día decisivo para él y le gustaría estar en las mejores condiciones para hacer frente a los acontecimientos.
            Amanece. Apenas ha podido dormir y su estado es lamentable. El agotamiento de pasar la noche en vela, las preocupaciones, los agobios y la gripe han hecho mella en él y no le quedan energías para levantarse. Además, solo pensar que tiene que acudir a firmar los papeles de separación le deprime y le enferma más de lo que ya está. Saca fuerzas de flaqueza y sale de la cama. Después de vestirse duda si abrir el cajón de la mesilla. Finalmente lo hace. Coge una pistola, se asegura de que está cargada y se la guarda en el bolsillo del abrigo. No se molesta en pasar por el baño ni en desayunar, baja directo a la calle. Repartida por las aceras y sobre algunos coches aún quedan cúmulos de nieve. Recoge un puñado y se lo frota por la frente. No necesita del diagnóstico de ningún médico para saber que tiene fiebre. Arrastra los pies hasta la parada de taxis, entra en uno de los coches y le dice a la taxista, una mujer de cincuenta años, la dirección donde quiere ir. Dentro del vehículo huele a ambientador de pino, pero él tiene la nariz congestionada y apenas lo nota. Según avanzan por las calles observa por la ventanilla, aunque no es plenamente consciente de lo que ve. Las imágenes que le llegan patinan por su cerebro sin llegar a registrarse. Todo va demasiado rápido para su lenta cabeza.
-¿Le importa si paro un minuto? –pregunta la taxista.
-…
-Es por estos sofocos que me dan de vez en cuando, ya sabe, cosas de la menopausia.
Él da su consentimiento, la taxista baja la bandera del taxímetro y detiene el coche junto al bordillo.
-Será solo un segundo, se me pasa enseguida.
-No se preocupe, tómese el tiempo que necesite.
Él vuelve a mirar a través de la ventanilla, ve a gente conduciendo sus vehículos, gente aguardando en los semáforos, gente cruzando por los pasos de cebra, gente entrando y saliendo de los comercios, gente llenando los edificios, gente con caras serias, gente con demasiadas prisas. Mire donde mire hay gente ocupando un lugar concreto. Observando a sus semejantes no puede evitar sentirse como un alienígena recién llegado al planeta, un bicho raro que por mucho que se esfuerce jamás logrará entender los complejos mecanismos de la humanidad. Bien podría sacar el arma y disparar indiscriminadamente al personal. No sentiría nada, sería como hacer blanco en una caseta de feria. Al rato, la taxista, ya recuperada, pone en marcha el motor del coche y se incorpora al tráfico.
            Llegan a su destino. Que tenga un buen día, le dice la taxista a modo de despedida cuando él se apea del vehículo. Duda mucho que lo sea, de hecho, apostaría todo lo que tiene a que será un día nefasto. Se dirige hacia el edificio donde está el despacho del abogado sintiendo el peso de la pistola en el bolsillo del abrigo. Nada más entrar en la oficina le recibe la secretaría, una chica joven con una sonrisa encantadora. La chica le informa de que en ese momento el abogado está ocupado y le pide que espere en la sala adyacente al recibidor. Él se pregunta si cuando empiece el tiroteo también tendrá que dispararle a la joven. Dentro de la salita aguarda su ex mujer. Se ha cortado el pelo y de primeras no la reconoce. Da la impresión que ha rejuvenecido desde la última vez que la vio.
-¿Qué te parece? –pregunta ella refiriéndose al cambio de look.
-Estás muy guapa.
-Pues, tú tienes un aspecto horroroso.
-Creo que tengo fiebre.
Para comprobarlo ella lleva la mano a su frente.
-¡Dios mío, estás ardiendo!
Él se da cuenta de que ella ya no lleva su anillo de casada y se le ocurre que ese sería un buen momento para sacar la pistola.
-He visto una farmacia cerca de aquí. Me acercaré a comprar una caja de paracetamol –dice ella.
Le da la espalda para ir hacia la puerta, él aprovecha para sacar el arma y apuntarle a la  cabeza, pero antes de que pueda apretar el gatillo ella sale de la habitación. Debería haberle disparado en cuanto la ha visto, piensa. Pero claro, es más fácil pensarlo que hacerlo. Estando en casa, cuando el dolor y el rencor son el motor de sus pensamientos la idea de vengarse es tentadora, luego, in situ, la realidad se impone y la cosa se complica. En cualquier caso, se siente ridículo por estar ahí, temblando como un flan, apuntando con el arma a la nada. Vuelve a guardarse la pistola en el bolsillo del abrigo y toma asiento en una de las sillas.
            A su regreso, ella lo encuentra en la misma posición.
-Me han dado esto –dice abriendo la caja de comprimidos.
Él la observa en silencio. Sin duda, ha rejuvenecido. Está claro que la separación le está sentando bien. La mujer llena un vaso de agua en la máquina dispensadora y se lo entrega junto a una de las píldoras.
-Tómatela, te sentará bien.
Él se mete la pastilla en la boca y bebe del vaso para ayudarse a tragarla. En ese momento la secretaría asoma por la puerta y les dice que van a ser atendidos.
-Ha llegado la hora –dice ella.
-Sí –responde él.
-¿Preparado? –pregunta ella.
-Preparado –responde él.
Ambos entran en el despacho del abogado.
            La firma de los papeles solo les ha llevado unos pocos minutos y regresa a la buhardilla. A partir de ahora su vida será totalmente distinta a lo que era. Su ex mujer seguirá por su camino y él tendrá que buscar el suyo. Durante los años que ha durado su matrimonio ambos se fueron acomodando a una serie de rutinas que terminaron siendo la base de su existencia, ahora debe olvidarse de todo eso y adaptarse al conjunto de novedades que trae el día a día. Empieza a nevar. Lo hace con fuerza. Si sigue así, la ciudad no tardará en volver a cubrirse de nieve. El paracetamol aún no le ha hecho efecto y se siente igual de enfermo y abatido que estaba antes de tomarse la pastilla. Al pasar por delante del escaparate de una tienda de electrodomésticos ve que hay varios calefactores que están de oferta. Entra en la tienda y compra el más potente.
Nada más llegar a la buhardilla guarda la pistola en el cajón de la mesilla, luego saca de la caja el calefactor que ha comprado. Ha pagado bastante más que por el otro y espera que los resultados acompañen. Al enchufarlo salta el repetidor y la vivienda queda completamente a oscuras. La instalación eléctrica de la buhardilla no soporta el voltaje del aparato. Maldice su suerte y vuelve a conectar la corriente. Recuerda que anoche dejó el ventanuco del baño abierto, puede que ese sea el motivo por el hace tanto frío dentro de la casa. Al entrar se encuentra una telaraña enorme, la más grande que ha encontrado hasta ahora. De ella cuelga una envoltura del tamaño de un puño de la que sobresale el ala de un murciélago. Un péndulo macabro que no deja de ser una declaración de intenciones por parte de la araña. Así lo entiende él. Con la ejecución del murciélago la araña está dejando claro que no se va a mover de ahí, que ese es su territorio y, pase lo que pase, lo seguirá siendo. Cierra el ventanuco y sale del baño. Ni se molesta en retirar las hebras, se siente tan débil que teme quedar enredado en ellas. 

pepe pereza

lunes, 20 de noviembre de 2017

RECIÉN LLEGADO A CASA POR CORTESÍA DE VALLE CAMACHO - LA NOVIA FRANCESA DE HO CHI MINH de ÓSCAR SIPÁN


RECIÉN LLEGADO A CASA POR CORTESÍA DE EMILIO LOSADA - VENTAJAS DE ESTAR EN LA RUINA


GARDENJUNKIES - GSÚS BONILLA

ALGUNAS CONSIDERACIONES

Aunque, a decir verdad, la inmediatez fue la característica principal en el cuaderno de notas que se fue generando desde, y entre, mediados de septiembre de 2016 y la primera semana de julio de 2017, bajo la tiranía del like en la red social Facebook, con el nombre de VIVEROS Y JARDINES… Y JUNKIES, habría de ser justo conmigo mismo para poder serlo con los demás y apuntar aquí algunas consideraciones que han sido indispensables para conformar la estructura del libro que ahora tienes en tus manos, lector. En los tiempos que corren nada es espontaneo y nada se deja al azar, aunque pueda parecer lo contrario

Parecería oportuno, que el grosso de este libro: Cuaderno de notas y Junkies, tuviese un frontispicio, un algo con el que dar comienzo a una historia, o bien, un cómo he llegado hasta aquí. De manera que, obviamente, era necesario empezar por un principio e idear un planteamiento que conectara con el nudo y desenlace de este híbrido alejado, muy alejado, del cuento: Garden, el primer apartado del libro. Se trata de un solo poema, fragmentado, y pensado en prosa, el cual abre y da inicio a un ejercicio de escritura que dio comienzo en el mes de febrero del año 2013, el cual, también, di por finalizado a últimos de septiembre de 2016. Esto es, más de tres años y medio, en los que, mes a mes, y por diferentes trámites, tuve que personarme en una Oficina de Empleo. Esto es, desde la traumática finalización del último empleo remunerado que tuve hasta el siguiente, es decir, el primer contrato laboral, más de tres años después, con la Agencia de Empleo del Ayuntamiento de Madrid. Quisiera también, hacer mención al texto de cierre a este apartado: La transición 2.0, concebido en este mismo espacio temporal, y que en este intervalo fue publicado por Ediciones Liliputienses, recogido en el cuaderno de poemas VIGA (enero 2016).

Sobre el apartado Cuaderno de notas poco o nada más que añadir, que lo que ya de por sí en él aparece. Lo escrito, escrito está. Aunque me gustaría referir su fragmentación, la manera en que están establecidos sus capítulos, basados igualmente en la obviedad del espacio-tiempo, sin embargo, dividido todo él según el Calendario Revolucionario o Republicano Francés (octubre de 1793 hasta septiembre de 1805), donde el año empezaba a las 12 de la noche del día que se producía el equinoccio de otoño, el cual el poeta Fabre d’Eglantiene puso toque literario al nombre de los meses. A saber: 1, Vendemiaire (el mes de la vendimia; recordemos que empiezan el año en nuestro septiembre); 2, Brumaire (el mes de las brumas); 3, Frimaire (el de la escarcha); 4. Nivose (el de la nieve); 5, Pluviose (lluvioso); 6, Ventose (ventoso); 7, Germinal (brotar); 8, Floreal (adornar, florecer); 9 Prairial (el de las praderas); 10 Messidor (el de las mieses); 11, Thermidor (el del calor); 12, Fructidor (el de los frutos). Los días de la semana, obviados en el cuaderno de notas puesto que se dividían en décadas (semanas de diez días), eran: Primidi, duodi, tridi, quartidi, quintidi, sextidi, septidi, octidi, nonidi y decadi. Aunque en este libro, la nomenclatura aparece castellanizada. La curiosidad del asunto me pareció original y una manera distinta de fraccionar un diario. Nada más. Por otro lado, el tercer apartado: Junkies, llevando el mismo proceso temporal de escritura lleva incorporado un fraccionado más personalista, referido a las personas que me acompañaron a lo largo de todos estos meses, he hicieron que mis pies sintieran de nuevo la dureza del suelo, que comprendiera que la realidad podía confundirse con la ficción en el momento en el que vivimos y que nos tocó en suerte. Algo más que justo es dedicarles a todos ellos este libro.

Además, el cuaderno de notas va acompañado, de un glosario fuera de contexto, el cual cierra cada capítulo del mismo. Organizado alfabéticamente, descontextualizado decía, si lo que en él traté fue descifrar, y de paso adjetivar, algunos aspectos del covénticulo literario contemporáneo en el que habito. Si bien, y al margen de mi diversión, mejor hubiera estado el haberlo dejado en su estadio concreto, tal y como otros, expertos en todo caso, habían concebido muchos de estos conceptos y términos que aquí recojo. Aunque, prácticamente en su totalidad, el significado es el que es. De cualquier modo, y en todo caso, se trata de palabras. Palabras que me acompañaron y quise asimilar durante el transcurso de este diario y que fui recogiendo por boca de otros, en los talleres y charlas que presencié, y en mis propias lecturas, en torno al mundo vegetal. Acaso me sirvieron para la curiosidad y el aprendizaje, y, por qué no, de mero entretenimiento.

Me hubiera gustado escribir sobre el amor, la felicidad y todas esas cosas de las que tratan los libros magníficos, de historias importantes; pero este es un libro de mierda, de un jardinero de mierda. En él cada mierda tiene su historia y cada historia su mierda. La mierda a pocos importa, solo a cerdos y moscas. Es decir, a los impertinentes y a los que hozan en ella. Tampoco es un libro de crítica, o denuncia. Se trata, en todo caso, de un libro que documenta una situación concreta en un tiempo determinado. Prosa, poesía, anotaciones diarias... la impronta textual de una experiencia vital propia, como vómito literario. Esto es lo que yo creo que es GardenJunkies, aunque quizá esté equivocado.

El autor


Valle del Kas. Septiembre de 2017. Un año después de casi todo.

Gsús Bonilla. GardenJunkies (Tigres de papel, 2017).

http://www.tigresdepapel.es/producto/gardenjunkies/

https://www.facebook.com/events/150176115600650

martes, 14 de noviembre de 2017

LAS PRUEBAS

Muerte. Es en lo primero que Vicente piensa al despertarse. Últimamente piensa mucho en ello. Hace frío. Demasiado. Es lo que tiene el invierno, el norte. Sale de la cama, se pone el albornoz y se acerca a la ventana. Hay escarcha sobre el césped. Una mortaja gélida y mortal que vuelve a recordarle lo efímero de la vida. Al entrar en la cocina le recibe un fregadero lleno de platos. No quedan tazas limpias. No importa, esa mañana debe mantenerse en ayunas. En el baño la temperatura es tan baja que el calefactor no da abasto para templar la habitación. Se quita la bata y observa su imagen tiritando en el espejo. A pesar de su edad sigue estando fibroso. Es en su cara donde se aprecia el paso del tiempo. Le da al grifo del agua caliente y aguarda a que el chorro se caldee para ponerse debajo.
En la calle aún no ha amanecido y ahora llueve. Las farolas siguen encendidas, al igual que los faros de los coches. Acelera el paso para entrar en calor. A las nueve tiene cita con el especialista. Dispone de treinta minutos para llegar al hospital.
Aun siendo tan temprano, la sala está llena de personas que esperan a ser atendidas. Toma asiento junto a una señora excesivamente perfumada. La fragancia es tan fuerte que no le deja respirar. Se ahoga y, en todo momento, tiene la urgencia de largarse de ahí. Pero no es el perfume lo que le repele. Es el propio edificio. Puede que sea porque hace unos pocos meses su padre murió de un derrame cerebral en la UCI, a unas pocas dependencias de donde se encuentra ahora. Imágenes de aquel funesto día llegan en tropel: El médico desconectando las máquinas que mantenían a su padre con vida, las últimas exhalaciones que dio antes de irse para siempre, constantes vitales que pasan a ser líneas planas y horizontales en el monitor, su madre y sus hermanas llorando desconsoladas. Se le saltan las lágrimas recordando aquello. Un hombre mira su reloj. Él hace lo propio con el suyo. Faltan dos minutos para que den las nueve. Se imagina que será de los primeros que llamen, ya que en el papel que le dieron pone que su cita es justamente a esa hora. La señora del perfume también quiere saber qué hora es. Se la dice. Suspira resignada y confiesa que hace más cuarenta minutos que la tendrían que haber llamado. Vicente pierde las esperanzas de que le atiendan de inmediato. Inconscientemente ha sacado el bote con las muestras de heces y juguetea con él a la vista de todo el mundo. Cuando se da cuenta, lo vuelve a guardar en el bolsillo del abrigo. Por suerte no le ha visto nadie. De por sí, ya es bastante embarazoso tener que llevar su propia mierda en un botecito, para que encima le vean enredando con ella. Se abre una puerta, sale una enfermera y grita un nombre. La mencionada se levanta y entra en la consulta. Él aprovecha para ir al baño y de paso darle unas caladas un cigarro.
Al regresar no ve a la señora del perfume. Se imagina que ya la han llamado o que va camino de su casa. Ahí es donde quisiera estar él, en casa, metido en la cama. En esos momentos la imagen de su dormitorio queda demasiado lejana, como si estuviera en otra ciudad o en un país remoto. Quiere irse. Lo nota en cada partícula de su cuerpo. El sitio le repele, le produce desazón. De pronto, cae en la cuenta de que lo único que le retiene ahí es él mismo. Ese pensamiento le rescata de todas las angustias y sin una orden concreta sus pies le sacan del hospital. Por suerte ha dejado de llover. Saca el bote de muestras que lleva en el bolsillo. A través del plástico ve los restos de heces manchados con sangre. Lo arroja con todas sus fuerzas hacia un descampado. Tiene hambre y necesidad de cafeína. Entra en el primer bar que encuentra. Pide un cortado y un pincho de tortilla. Al fondo ha quedado una mesa libre, se apresura a ocuparla. En ella han dejado un periódico abierto por las páginas de las esquelas. Es curioso, aquel día cuando salió del hospital con su madre y con sus hermanas para ir al tanatorio, el sol brillaba en el cielo. Era una de esas raras mañanas de invierno en que las nubes y la lluvia le ceden paso al sol. Quizás por eso, el impacto de la vida le llegó con una intensidad inédita y reveladora. La notaba fluyendo por cada poro de su piel. Mirase donde mirase ahí estaba. Vida en todas partes. En los insectos que revoloteaban cerca de los arbustos, en los pájaros que le sobrevolaban, en la gente que iba y venía. Notó los pulmones hinchándose y encogiéndose, el corazón latiendo, la sangre circulando por las venas. La maquinaria del cuerpo en pleno funcionamiento. Todo era movimiento, respiración y pálpito. Incluso lo inanimado parecía gozar de un sitio en la propia existencia. Recuerda que bajo los pies sintió las pulsaciones y el aliento obstinado del planeta. Vida en cada molécula, en cada pestañeo. Vida pugnando por sobrevivir. Vida en contraste con la muerte de su padre. VIDA. Ahora es todo lo contrario, ve signos de muerte ahí donde mire. Cierra el periódico y lo aparta a un lado. Después de desayunar sale a la calle. Aprovechando que sigue sin llover se acerca al parque. Elije un banco apartado y se sienta a liar un cigarrillo. Al rato, se acerca un anciano con aspecto de vagabundo y toma asiento a su lado.
-Eso que fumas huele de maravilla -le dice.
Le pasa el canuto. El anciano da una larga calada y mantiene el humo dentro.
-Buena calidad. ¿Puedo acabármelo?
-Todo tuyo.
Mientras fuma mira al cielo preocupado.
-Va a nevar.
Un pronóstico sin garantía. A continuación hace un relato de sus viajes. Todo un mosaico de ciudades y gentes quedan reflejadas en sus palabras. En un momento dado calla. Sus ojos se entristecen y unas arrugas le cruzan la frente. Habla de una mujer. Dice que le dio todo lo que tenía pero que no fue suficiente. Vuelve a quedarse en silencio, mirando a la nada. Vicente nota que se ha ido lejos; más allá del espacio y del tiempo, en busca de esa mujer. Pasado un rato, el anciano se despide y se aleja encorvado y con paso sereno. Andados unos metros, se detiene, saca algo del bolsillo, lo deja en el suelo y lo cubre con unas cuantas hojas secas. Después sigue por el sendero hasta que sale del parque. Vicente siente curiosidad. Se acerca al lugar y al apartar la hojarasca encuentra un gorrión muerto. En ese momento se levanta una brisa que trae el olor rancio de las aguas del estanque y, como quién no quiere la cosa, empieza a nevar. 

pepe pereza