martes, 14 de noviembre de 2017

LAS PRUEBAS

Muerte. Es en lo primero que Vicente piensa al despertarse. Últimamente piensa mucho en ella. Hace frío. Demasiado. Es lo que tiene el invierno, el norte. Sale de la cama, se pone el albornoz y se acerca a la ventana. Hay escarcha sobre el césped. Una mortaja gélida y mortal que vuelve a recordarle lo efímero de la vida. Al entrar en la cocina le recibe un fregadero lleno de platos. No quedan tazas limpias. No importa, esa mañana debe mantenerse en ayunas. En el baño la temperatura es tan baja que el calefactor no da abasto para templar la habitación. Se quita la bata y observa su imagen tiritando en el espejo. A pesar de su edad sigue estando fibroso. Es en su cara donde se aprecia el paso del tiempo. Le da al grifo del agua caliente y aguarda a que el chorro se caldee para ponerse debajo.
En la calle aún no ha amanecido y ahora llueve. Las farolas siguen encendidas, al igual que los faros de los coches. Acelera el paso para entrar en calor. A las nueve tiene cita con el especialista. Dispone de treinta minutos para llegar al hospital.
Aun siendo tan temprano, la sala está llena de personas que esperan a ser atendidas. Toma asiento junto a una señora excesivamente perfumada. La fragancia es tan fuerte que no le deja respirar. Se ahoga y, en todo momento, tiene la urgencia de largarse de ahí. Pero no es el perfume lo que le repele. Es el propio edificio. Puede que sea porque hace unos pocos meses su padre murió de un derrame cerebral en la UCI, a unas pocas dependencias de donde se encuentra ahora. La herida es reciente y aún le duele. Recuerdos e imágenes de aquel funesto día llegan en tropel: El médico desconectando las máquinas que mantenían a su padre con vida, las últimas exhalaciones que dio antes de irse para siempre, constantes vitales que pasan a ser líneas planas y horizontales en el monitor, su madre y sus hermanas llorando desconsoladas. Se le saltan las lágrimas rememorando aquello. Un hombre mira su reloj. Él hace lo propio con el suyo. Faltan dos minutos para que den las nueve. Se imagina que será de los primeros que llamen, ya que en el papel que le dieron pone que su cita es justamente a esa hora. La señora del perfume también quiere saber qué hora es. Se la dice. Suspira resignada y confiesa que hace más cuarenta minutos que la tendrían que haber llamado. Vicente pierde las esperanzas de que le atiendan de inmediato. Inconscientemente ha sacado el bote con las muestras de heces y juguetea con él a la vista de todo el mundo. Cuando se da cuenta, lo vuelve a guardar en el bolsillo del abrigo. De por sí, ya es bastante embarazoso tener que llevar su propia mierda en un botecito, para que encima le vean enredando con ella. Se abre una puerta, sale una enfermera y grita un nombre. La mencionada se levanta y entra en la consulta. Él aprovecha para ir al baño y de paso darle unas caladas un cigarro.
Al regresar no ve a la señora del perfume. Se imagina que ya la han llamado o que va camino de su casa. Ahí es donde quisiera estar él, en casa, metido en la cama. En esos momentos la imagen de su dormitorio queda demasiado lejana, como si estuviera en otra ciudad o en un país remoto. Quiere irse. Lo nota en cada partícula de su cuerpo. El sitio le repele, le produce desazón. De pronto, cae en la cuenta de que lo único que le retiene ahí es él mismo. Ese pensamiento le rescata de todas las angustias y sin una orden concreta sus pies le sacan del hospital. Por suerte ha dejado de llover. Saca el bote de muestras que lleva en el bolsillo. A través del plástico ve los restos de heces manchados con sangre. Arroja el bote con todas sus fuerzas hacia un descampado. Al deshacerse del botecito se quita un gran peso de encima. Tiene hambre y necesidad de cafeína. Entra en el primer bar que encuentra. Pide un cortado y un cruasán. Al fondo ha quedado una mesa libre, se apresura a ocuparla. En ella han dejado un periódico abierto, ambas páginas están llenas de esquelas. Es curioso, aquel día cuando salió con su madre y con sus hermanas del hospital para ir al tanatorio, el sol brillaba en el cielo. Era una de esas raras mañanas de invierno que las nubes se abren para dejar paso al sol. Quizás por eso, el impacto de la vida le llegó con una intensidad inédita y reveladora. La notaba fluyendo por cada poro de su piel. Mirase donde mirase ahí estaba, vida en todas partes, en los insectos que revoloteaban cerca de los arbustos, en los pájaros que le sobrevolaban, en la gente que iba y venía. Notó los pulmones hinchándose y encogiéndose, el corazón latiendo, la sangre circulando por las venas. La maquinaria del cuerpo en pleno funcionamiento. Todo era movimiento, respiración y pálpito. Incluso lo inanimado parecía gozar de un sitio en la propia existencia. Recuerda que bajo los pies sintió las pulsaciones de la tierra, el aliento obstinado del planeta entero. Vida en cada molécula, en cada pestañeo. Vida pugnando por sobrevivir. Vida en contraste con la muerte de su padre. Ahora es todo lo contrario, ve a la muerte ahí donde mire. Cierra el periódico y lo aparta a un lado.
Una vez que ha desayunado se acerca hasta el parque. Elije un banco apartado y se sienta a liar un cigarrillo. Al rato, se acerca un anciano con aspecto de vagabundo y toma asiento a su lado.
-Eso que fumas huele de maravilla –le dice.
Le pasa el canuto. El anciano da una larga calada y mantiene el humo dentro.
-Buena calidad. ¿Puedo acabármelo?
-Todo tuyo.
Mientras fuma mira al cielo preocupado.
-Va a nevar.
Un pronóstico lanzado al viento sin garantía. A continuación hace un relato de sus viajes. Todo un mosaico de ciudades y gentes quedan reflejadas en sus palabras. En un momento, dado calla. Sus ojos se entristecen y unas arrugas le cruzan la frente. Habla de una mujer. Dice que le dio todo lo que tenía pero que no fue suficiente. Vuelve a quedarse en silencio, mirando a la nada. Vicente nota que se ha ido lejos; más allá del espacio y del tiempo, en busca de esa mujer. Pasado un rato, el anciano se despide y se aleja encorvado. Andados unos metros, se detiene. Saca algo del bolsillo, lo deja en el suelo y lo cubre con unas cuantas hojas secas. Después sigue por el sendero hasta que sale del parque. Vicente siente curiosidad por saber qué ha enterrado. Se acerca al lugar y al apartar la hojarasca encuentra un gorrión muerto. En ese momento se levanta una brisa que trae el olor rancio de las aguas del estanque y empieza a nevar. 

pepe pereza

miércoles, 8 de noviembre de 2017

FURTIVOS - TOM FRANKLIN

DIRTY WORKS se complace en presentarles el primer libro de relatos de TOM FRANKLIN, FURTIVOS, un viaje a los condados boscosos que se extienden entre los ríos Alabama y Tombigbee, la zona baja de Alabama, frondosa, verde y llena de muerte.

«Con esta colección de maridos lamentables, colegas inútiles y matrimonios desgastados, es como si el autor hubiese secuestrado a los personajes de RAYMOND CARVER y los hubiese dejado a su suerte en el Sur Profundo.»
NEW YORK TIMES BOOK REVIEW

sábado, 4 de noviembre de 2017

VÉRTIGO (Inédito)

-¿Está todo? –pregunta Fernando.
-Yo diría que sí –respondo.
Por si acaso volvemos a repasar el contenido de las maletas. Una vez que estamos seguros de llevarlo todo las cerramos y salimos a la calle cargando con ellas. Hace media hora, cuando llegamos al local, había una ligera neblina, ahora no se distinguen los edificios de enfrente. Recuerdo una vez siendo niño que, envalentonado por la presencia de unas chicas, salté de una barca en mitad de un río. Nada más sumergirme abrí los ojos; al ver el inmenso abismo de oscuridad que tenía por debajo sentí vértigo. Había oído hablar de él, del vértigo, pero hasta ese momento no lo había sentido en mis propias carnes. Fue como si la densidad del agua desapareciese y yo me precipitase al vacío. Tuve un ataque de pánico, perdí el control y estuve a punto de ahogarme. Por suerte, alguien me rescató. Hoy, al mirar a la niebla, siento el mismo vértigo de entonces.
-¿Te encuentras bien? –pregunta Fernando.
-Sí.
-Pues no lo parece. Estás blanco como la leche.
-Solo es un mareo. Se me pasará enseguida.
-Si quieres podemos sentarnos un rato hasta que te recuperes –añade señalando un banco próximo.
-Vamos justos de tiempo, mejor que sigamos caminando.
Supongo que la bajada de tensión se debe a la falta de sueño. Anoche discutí con Nuria. Como es habitual en estas ocasiones terminé durmiendo en el sofá. Y claro, ahí es imposible pegar ojo. Es demasiado pequeño para poder estirar las piernas. Además, en el medio está hundido y acomodar la espalda en esa zona es una tortura. Últimamente Nuria y yo discutimos mucho, demasiado. Y siempre por lo mismo. Se empeña en que encuentre un trabajo respetable. Como si el que desempeño no lo fuera.
-Tengo la impresión de que hoy se nos va a dar bien –dice Fernando derrochando optimismo por los cuatro costados.
Eso espero, aunque yo no lo tengo tan claro. Miro la hora. Llegamos tarde, así que apresuremos el paso.
            El camerino, si es que se le puede llamar así, tiene las paredes cubiertas de moho y humedad, todo el habitáculo huele a orines y carece de calefacción. Fernando y yo nos pintamos la cara de blanco frente a un espejo lustrado de suciedad. Vamos mal de tiempo, así que no damos toda la prisa que podemos para terminar de maquillarnos y de vestirnos.
El alboroto del patio de butacas llega hasta el escenario como una amenaza. Miro por el hueco del telón. La sala está repleta de niños de entre cuatro y seis años. Me preocupa que sean tan pequeños. Se acerca el tramoyista, un tipo tan viejo y deteriorado como el propio salón de actos, nos dice que faltan dos minutos para empezar, luego desaparece por detrás del foro. Me ajusto la peluca y me pongo la nariz de goma. Fernando hace lo propio. Tomamos posiciones y aguardamos a que se abra el telón y se enciendan los focos. En cuanto nos ven, los niños de menos edad se asustan de nuestro aspecto y se echan a llorar. Enseguida el llanto se extiende al resto. Un centenar de críos llorando a la vez, creando una aterradora cacofonía de berridos y chillidos. No esperábamos empezar así. De nuevo el vértigo, el pánico. Siento que me hundo en el abismo. Entonces y sin previo aviso un aullido surge de mi garganta. Fernando capta el mensaje y se une a la improvisación. Nos abrazamos y lloramos juntos. Dos payasos asustados mostrando su desesperación. Ambos conseguimos que nuestros llantos sean más altos y potentes que todos los demás. Poco a poco la sala queda en silencio, hasta que solo se nos escucha a nosotros dos. Parece ser que esos pequeños bastardos se han dado cuenta de que nuestro miedo supera al suyo con creces. Gracias a eso hemos captado su atención. Ha habido suerte y podemos seguir con el show. Después de adaptarnos a las circunstancias, de modificar los gags sobre la marcha y ajustarlos a la edad del público infantil, la actuación transcurre con relativa normalidad. Al terminar, incluso, nos premian con un nutrido aplauso. Hemos empezado con mal pie, pero al final hemos superado el desafío. Estamos contentos.
Una vez desmaquillados y vestidos de calle buscamos al gerente para que nos pague. El hombre, un tipo con traje barato y barba de varios días, nos hace pasar a la oficina; un lugar tan cutre y maloliente como el resto del edificio. Tanto Fernando como yo pensábamos que íbamos a cobrar en mano, pero somos informados que del ingreso se encargará el ayuntamiento, que es el que lleva todos los pagos. Para ello nos pide nuestros datos junto a un número de cuenta y lo anota todo en un anticuado ordenador.
-¿Y cuánto tardarán en ingresarlo? –pregunto.
-Un mes, más o menos –responde el gerente.
Mierda, necesito el dinero ahora. Estoy de deudas hasta el cuello. Pero eso no es lo que más me preocupa, mi verdadero temor es cuando llegue a casa y le diga a Nuria que aún no vamos a poder pagar las facturas.
            Salimos de nuevo a la calle con nuestras maletas y nos encontramos cara a cara con la niebla. Es como si nos hubiera estado esperando. Pero esta vez no tengo ninguna sensación de vértigo, más bien de rechazo, no solo a la niebla, al mundo en general. ¿Por qué todo es tan complicado? ¿Por qué, a pesar del esfuerzo, todo sale mal? Procuro por todos los medios hacer las cosas lo mejor que puedo, pero siempre se tuercen y termino quedando como un inútil. Temo que mi incapacidad para salir adelante sea un obstáculo entre Nuria y yo, que ella termine cansándose de mis fracasos y me deje. Nunca antes ha amenazado con ello, pero aunque no lo haya hecho intuyo que más de una vez lo habrá pensado.
-Tengo que decirte algo importante –dice Fernando.
Detecto un brillo en sus ojos que nunca antes había visto, eso me desconcierta. Entramos en una cafetería que nos pilla de paso. Dentro la temperatura es agradable. Ocupamos una de las mesas y esperamos en silencio a que el camarero tome nota del pedido y traiga las bebidas. Solo entonces Fernando se decide a hablar:
-Lucía y yo vamos a ser padres.
Lo dice con timidez, como si aún no se hubiera hecho a la idea de lo que les viene encima. Trato de mostrar empatía, pero sé que la buena nueva lleva más de un mensaje implícito.
-Qué sorpresa más agradable –digo forzando una sonrisa.
-No lo estábamos buscando, pero ha sucedido y vamos a seguir con ello.
Sé que Fernando anda tan jodido de dinero como yo y dudo que con el sueldo de Lucía les dé para mantener a una futura familia de tres.
-¿Y cómo lo vais a hacer? Quiero decir…
-Sé lo que quieres decir, y sí, voy a tener que cambiar de vida. De hecho, el mes que viene empiezo a trabajar en el taller de mi suegro.
-Pero tú no sabes nada de mecánica.
-Aprenderé.
-¿Y qué pasa con los bolos que tenemos pendientes?
-Por eso no te preocupes, los haremos, pero luego tendrás que arreglártelas tú solo.
Luego de vaciar las maletas y colgar el vestuario en el armario, Fernando se despide de mí y deja el local. Yo me quedo, devanándome la cabeza. Tengo que encontrar a alguien que le sustituya, pero no se me ocurre nadie. Puede que si le pongo ganas y le echo coraje logre montar algo yo solo: un monólogo, o unas pantomimas, no sé, algo. Cuando decidí estudiar arte dramático pensaba que al acabar la carrera estaría interpretando grandes personajes en los mejores teatros. Veía mi cara en las portadas de las revistas, siendo entrevistado en las televisiones, creía, ingenuo de mí, que los directores más aclamados y prestigiosos se pelearían por mí, que reclamarían mi presencia en sus montajes, que todo iba a ser fama y dinero a raudales. Sin embargo, he actuado en los lugares más cutres y peregrinos que se pueda imaginar: en frontones y plazas de pueblos, en casas okupas, en manicomios, parroquias, bares de todo tipo, comercios, escaparates… Una vez tuvimos que hacerlo delante de la tapia de un cementerio, otra, en una cuadra que apestaba a estiércol. He actuado bajo la lluvia, contra el viento, a pleno sol… A día de hoy, por frustrante que parezca, lo más cerca que he estado de actuar en un teatro ha sido esta mañana en el salón de actos. Es triste cuando la realidad pisotea tus sueños de juventud y te planta delante de un espejo para que veas en qué te has convertido y la cantidad de fracasos que has acumulado. Ojalá me hubiera ahogado aquel día en el rio, ahora no tendría que estar aquí cargando una tonelada de problemas.
En la calle la niebla se levanta poco a poco, como las faldas de una mujer que enseña las rodillas y luego los muslos. Le prometí a Nuria que hoy nos libraríamos de las facturas pendientes. Obviamente no voy a poder cumplir la promesa. Las cosas han ocurrido así y nada he podido hacer para evitarlo, pero sé que ella lo aprovechará en su favor para abroncarme con la misma cantinela de siempre. Como si fuera fácil encontrar un trabajo. Hace dos años que su empresa la despidió junto a otros de sus compañeros por unos recortes en la plantilla. Aún sigue en el paro. Entonces, por qué pretende que yo haga lo que ella es incapaz. No es justo. Lo que sí puedo hacer es acercarme a hablar con la casera, tratar de convencerla para que nos retrase el pago del alquiler hasta que yo cobre lo que me deben. La casera es una mujer de mediana edad que al morir su marido heredó varios pisos que están repartidos por la ciudad. Ella ocupa un ático de un edificio que también es de su propiedad, el resto de las viviendas las tiene alquiladas. A pesar de ser propietaria de una fortuna en bienes inmobiliarios vive en un barrio de la periferia, habitado mayormente por gente humilde y trabajadora. Si yo tuviera todo el dinero que ella tiene estoy seguro que elegiría otro lugar para vivir, uno más elegante y exclusivo, pero Dios le da el pan a los que no tienen dientes. Me dejo llevar por las conjeturas y pienso en todo lo que haría si realmente dispusiera de ese dinero. Imagino que Nuria y yo estamos tumbados en unas hamacas que cuelgan de unas palmeras que crecen junto a la orilla de un océano de aguas transparentes mientras un camarero nos sirve unas bebidas. La imagen dura solo unos instantes. Enseguida, el frío invernal me trae de vuelta a las calles grises y mojadas por las que camino. La realidad siempre golpea cuando te pilla desprevenido. Acuso el golpe y sigo andando.
Llamo al timbre del portero automático. Una voz pregunta quién soy. Se lo digo y abren. Pronto será la hora de comer y el interior del edificio huele a los distintos guisos que se están cocinando en las viviendas. Subo por las escaleras hasta el último piso. La puerta del ático está abierta, pero no me atrevo a entrar sin antes anunciar mi presencia. Doy unos golpecitos en la puerta. La voz me dice que entre. Entro. Dentro de la casa no hay nada que sea ostentoso. Los muebles son de buena calidad, pero el diseño es sencillo y funcional.
-Sigue hasta el final del pasillo –añade la voz.
He estado otras veces aquí y sé que el pasillo lleva al salón. Dentro está la casera. Calza unas viejas alpargatas y viste con un forro polar y unos pantalones de paño, por encima lleva un albornoz de felpa. Viéndola así nadie diría que le sobra el dinero.
-Ah, eres tú –dice al verme.
En la mano sostiene un mando a distancia y apunta con él a un televisor con la pantalla azul.
-No sé a qué botón le he dado que han desaparecido todos los canales. ¿Tú sabrías volver a sintonizarlos?
-Creo que sí.
-Perfecto, porque va a empezar mi programa favorito y no quiero perdérmelo.
Dicho esto, me pasa el mando y sale del salón. Cuando regresa viene con una bandeja llena de canapés. Son pequeñas cestas de hojaldre rellenas de marisco, setas y trufa.
-¿Cómo vas con eso? –pregunta.
-Se supone que en un par de minutos terminarán de sintonizarse.
-Bien.
Coge uno de los canapés, me pide que abra la boca y me lo mete dentro, como hacía mi madre cuando yo era pequeño. Está delicioso. Justo en ese momento termina la sintonización de canales. La casera me invita a sentarme en el sofá, frente a una mesa camilla con faldillas y brasero eléctrico. Aún no he tenido oportunidad de comentarle lo del alquiler, así que antes de acomodarme saco el tema a relucir.
-El motivo de mi visita es…
-Ahora no, espera a que acabe el concurso y luego hablamos.
No quiere que la distraiga, así que me siento en el sofá junto a ella a ver la televisión. Aunque me hubiera gustado dejar el asunto resuelto e irme, he de reconocer que aquí no se está mal, al calorcito del brasero, saboreando esos deliciosos canapés. El concurso consiste en hacer girar una ruleta y según la casilla que salga ir comprando vocales y consonantes para poder completar la frase de un panel. No solo cuenta la suerte, también el ingenio de los concursantes. Cuando se equivocan, la casera les regaña y corrige, como si pudieran escucharla desde el otro lado de la pantalla. Según transcurre el concurso la bandeja se va vaciando de canapés. 
            Abro los ojos sobresaltado. De primeras me cuesta saber dónde estoy y no termino de ubicarme hasta que veo a la casera a mi lado, durmiendo con la boca abierta. Nos hemos debido quedar traspuestos mientras veíamos la tele. En mi caso no es de extrañar dado que he pasado la noche en vela. Al final no le he comentado lo del alquiler. Me pregunto si sería correcto dejarle una nota. Lo que no quiero es despertarla, así que me incorporo despacio, procurando no hacer ruido. Sobre la mesa reposa la bandeja con un solo canapé, lo cojo y me lo como. Llevo la bandeja a la cocina, abro el lavavajillas con intención de dejarla ahí, pero en el interior hay un pene enorme de látex junto a un ramillete de flores de plástico. La imagen, a la vez que impactante, tiene un no sé qué de icono religioso. Supongo que se debe a la presencia de las flores. Dejo la bandeja en el fregadero y salgo del ático.
            Ni rastro de la niebla, aunque el frío y la humedad permanecen en las calles. Es tarde. Nuria estará preocupada porque no he ido a comer. Debería llamarla, pero preguntará por las facturas y tendré que decirle que no las he pagado. Sé que volveremos a discutir sobre lo mismo de siempre, y no me apetece. Mientras camino tengo la sensación de que en cualquier momento el suelo se va abrir bajo mis pies y voy a caer en las entrañas del planeta. Noto un amago de vértigo, pero respiro hondo hasta que logro superarlo.

pepe pereza

miércoles, 1 de noviembre de 2017

SE RUEGA SILENCIO - CAPÍTULO 7

En la sala aguardan otras cuatro personas. No hay aire acondicionado y el bochorno es insoportable. Compruebo la hora en mi reloj y observo cómo gira el segundero. Sé que va sincronizado con el del despertador que está en mi dormitorio. Eso me hace sentir bien. En cierto modo, es como estar allí, mirando el paso del tiempo desde la cama. Me gusta esa sensación. Alguien grita mi nombre por el altavoz y anuncia que se requiere mi presencia en la oficina número cinco. El despacho está al fondo del pasillo. Llamo a la puerta y entro. Un fulano que tiene cara de saberle todo amargo me invita a sentarme. Confirma mi identidad repasando los datos en el ordenador. Luego añade que tiene un trabajo para mí.
-Es en la fábrica de embotellado que está en el polígono de Agoncillo. El turno es de seis de la mañana a dos de la tarde. ¿Te interesa?
Claro que me interesa, capullo. Llevo días alimentándome de lo que siso en los supermercados. Cogería cualquier trabajo por cutre que sea.
-Bien. Pues, el próximo lunes, a las cinco y media de la madrugada tienes que presentarte en la calle Vara del Rey, junto al pasaje del estanco. Allí te recogerá un autobús que te llevará a las instalaciones.
Hecho el papeleo, salgo de la agencia. Pasaré quince días a prueba y si les gusta cómo lo hago me harán un contrato de tres meses. Lo suficiente para pagar deudas y ahorrar algo. Joder, me muero de hambre. Debería acercarme a ver a mi madre. Con la excusa de mi nuevo trabajo podría hacer las paces con ella y comer algo decente.
Tarda en contestar pero al final lo hace. Le digo quién soy. Se produce un incómodo silencio. Se nota que sigue enfadada. Finalmente abre.
Está en su mecedora viendo la televisión. No me mira. Tomo asiento en el sofá.
-¿Dicen algo interesante en las noticias?
-Las mismas barbaridades de siempre.
Durante un par de minutos guardamos silencio y fingimos atender a las palabras de la presentadora.
-El lunes empiezo a trabajar en una fábrica de refrescos.
Me mira por primera vez.
-Me alegra saberlo.
Continuamos atentos al noticiario. Al rato, hace la pregunta que estaba esperando.
-¿Tienes hambre?
Me comería una ballena entera, pero el orgullo me obliga a mentir.
-No mucha.
-¿Has comido?
-Lo haré cuando llegue a casa.
-¿Estás seguro?
-Sí.
-Mira que no me cuesta nada prepararte unos huevos fritos con tocino y jamón.
Joder, mataría por un plato así.
-No, déjalo.
-Tú te lo pierdes.
Pensaba que iba a seguir insistiendo. Busco su mirada para insinuarle con la mía que no deje el regateo. Pero está centrada en el noticiario. Definitivamente, se ha olvidado del ofrecimiento. He perdido mi oportunidad. Le digo que me voy. Me acompaña hasta la puerta y nos despedimos con un beso. Según bajo las escaleras, en cada planta, me van llegando los aromas de los distintos guisos. Mis tripas gorjean blasfemias y claman al cielo por mi estupidez. 

martes, 31 de octubre de 2017

SE RUEGA SILENCIO - CAPÍTULO 6

Nada más abrir la puerta, quedo envuelto en una compacta niebla de partículas de escayola. En el piso de enfrente, los obreros están lijando el yeso que cubre las paredes. La maquinaria eléctrica que utilizan es de una estridencia insufrible. La polvareda que levantan es comparable a una tormenta de arena. Corro escaleras abajo aguantando la respiración hasta que salgo a la calle.
Desde que empezaron las reformas en el piso de al lado, es decir, hace tres días, me paso las horas deambulando por las calles. En casa no se puede estar. El ruido que hacen es insoportable. Estoy obligado a vagar de aquí para allá como un sin techo que no tiene dónde ir. Haciendo tiempo para que los obreros terminen su jornada.
Después de mucho andar encuentro una plazoleta rodeada de jardines. Parece un buen sitio. Me siento en uno de los bancos. Aquí el silencio es casi absoluto. Algunas hojas secas son desplazadas por la brisa. Al arrastrarse por el suelo emiten un suave carraspeo. Los pájaros cantan en los árboles. Se distingue el rumor de una fuente y el zumbido ocasional de alguna mosca. Todos estos sonidos armonizan perfectamente con el silencio del entorno. Es más, lo acentúan y complementan. Dos mariposas vuelan en un duelo de espirales. Las sigo con la mirada hasta que desaparecen por encima de los tejados. Al fondo, un grupo de gorriones se enzarzan en una acalorada disputa por un trozo de pan que termina llevándose una paloma. La ley del más fuerte. Justo en ese momento una ráfaga de viento impulsa una lata vacía, haciéndola rodar por todo el recinto. Finalmente se detiene junto al bordillo de uno de los jardines. Es un privilegio poder gozar de este sosiego. Después de estar soportando el escándalo de las obras, esta quietud me parece un regalo. Siento el sol sobre mi cabeza, adormeciéndome. Me recuesto en el banco y dejo que, poco a poco, se vayan cerrando los ojos…
Me despierto sobresaltado. Por lo visto, alguien ha explotado un petardo a mis pies. Huelo la pólvora quemada y distingo la quemadura que ha dejado la detonación en la madera del banco. Los culpables: tres chavales que, entre risas, corren calle abajo. Noto el corazón golpeándome el pecho y un pitido agudo en los tímpanos. Aún quedan varias horas hasta que pueda volver a casa. Desde esta mañana no he comido nada. Me dirijo a mi súper favorito. Al entrar hago lo que todos los días, es decir, cojo una cesta y recorro los pasillos. Mi intención es hacerme con ciertos alimentos que pueda devorar en los ángulos muertos, donde estoy libre de las miradas de las cámaras de seguridad. Pero hoy, el encargado de la tienda me sigue allá donde voy. Por mucho que lo intento no consigo quitármelo de encima. Vaya donde vaya ahí está él. Me rindo. Dejo la cesta y salgo de la tienda con un lamento en las tripas. Así no puedo seguir. Tengo encontrar un trabajo.

domingo, 29 de octubre de 2017

SE RUEGA SILENCIO - CAPÍTULO 5

Portada de PEDRO ESPINOSA

Detrás de los párpados sueños que no acertaría a explicar. De golpe: una radial. Al punto: un taladro. Abro los ojos. Son las nueve y diez de la mañana. El ruido retumba por la habitación haciendo vibrar las paredes.
A través de la mirilla veo que en el piso de al lado han empezado a hacer obras. Del interior sale una nube de polvo acompañada del ruido demencial de las máquinas. Por las escaleras suben dos obreros cargando sacos de arena y cemento. Lo meten dentro de la vivienda y bajan a por más. Da la impresión de que las obras van para largo. Hasta ahora los únicos pisos habitados eran el mío y el de abajo. Según parece, alguien se va a mudar al de enfrente. Regreso al dormitorio para vestirme. El segundero del despertador sigue sincronizado con el de mi reloj de muñeca. Me gusta que sea así. Tengo hambre. Nico maúlla al otro lado de la puerta. Él también tiene hambre. La situación no puede ser peor. Debería hacer caso a mi madre y encontrar un trabajo. Algo temporal que me haga salir de esta ruina. Aquí no se puede estar por culpa del ruido. Me preparo para salir. Antes rebusco por la casa hasta que consigo juntar unas pocas monedas, las justas para un café.
En la cafetería pido un cortado. La camarera se gira hacia la cafetera y aprovecho para darle un repaso con la mirada. Tiene un culo perfecto. Además, sus vaqueros de cintura baja dejan a la vista la goma roja del tanga. El abuelo que está a mi lado se ha quedado con la jugada.
-Si yo tuviera tus años, ten por seguro que al final del día esa preciosidad estaría entre mis brazos.
Le creo. A pesar de su edad, conserva un brillo juvenil en la mirada. La camarera me trae el café. El anciano se dirige a ella y adoptando una pose de galán de la vieja escuela le pregunta:
-Guapa ¿qué tengo que hacer para que te cases conmigo?
Ella se ruboriza. Antes de que pueda contestar, el vejete se anticipa y le dice:
-No respondas, ya pensaré en algo.
Dicho esto, deja un billete sobre la barra señalando su bebida y la mía. Sin esperar el cambio me guiña un ojo y se dirige a la salida. Antes de desaparecer me lanza tres palabras.
-A por ella.
La camarera, aún ruborizada, se aparta para meter el dinero en la caja registradora. Quiero seguir el consejo del abuelo, pero hay algo en el ambiente que me dice que no me moleste. Quizás sea el polvo que se acumula encima de las botellas o la luz grasienta del sol, puede que la voz del ciego que grita desde la esquina: últimos números para hoy.

viernes, 27 de octubre de 2017

SE RUEGA SILENCIO - CAPÍTULO 4

Llaman al timbre.
-Hijo, abre, que soy yo.
Mi madre es la última persona a la que quiero ver. Le abro la puerta. Carga con cuatro bolsas llenas de comida que trae para mí.
-Ya estás fumando esa basura.
-Mamá, no empecemos que no estoy de humor.
Le cojo las bolsas y las dejo en la cocina.
-          Te llamé para felicitarte por tu cumpleaños, pero tenías el móvil apagado.
En realidad lo tengo sin saldo.
-Traigo la boca seca ¿Dónde tienes los vasos?
Le señalo una de las puertas del armario. La abre y coge uno de los vasos. Antes de llenarlo se da cuenta de que tiene una mancha.
-Está sucio.
-Pues coge otro.
-¿Dónde guardas el detergente?
-Mamá, no lo friegues. Coge otro.
-No me importa, de verdad. Dime dónde está el detergente.
-Te digo que cojas otro vaso, joder.
Al final, bebe agua con el que tiene en la mano. Pasamos al salón. Mi madre obliga a Nico a bajarse del sofá. Luego saca un pañuelo, lo extiende en el cojín y se sienta sobre él.
-Con ese humo no puedo respirar. Haz el favor de abrir las ventanas.
Las abro.
-Seguro que eso que fumas lo has pagado con el dinero que yo te presto y que nunca me devuelves.
Me jode que haga mención a los préstamos.
-No sé cómo puedes vivir así.
-Mamá, no estoy de humor.
-Te pareces a tu padre. Él tampoco sabía ser feliz.
Me mantengo callado y fumo echando el humo por la ventana. En la calle, un coche que está aparcado en doble fila impide el paso a un camión de reparto. El camionero toca el claxon. Nadie acude. Los coches se van amontonando a lo largo de la calzada. Una sinfonía de bocinas se une a la del camión. Es una locura. Me fijo en los conductores. Se reconcomen en sus asientos agarrando con fuerza el volante. Al cabo de unos minutos, aparece el dueño del coche que está aparcado en doble fila. Se puede ver en la cara de los conductores el odio que le guardan. Al fin, el tráfico se restablece y vuelve la tranquilidad. La voz de mi madre me trae de vuelta a la habitación.
-Deberías buscarte un trabajo.
-No lo necesito.
-¿Y de qué piensas vivir? ¿De mis préstamos?
Voy a la cocina, cojo las bolsas de comida que ha traído, las llevo al salón y las arrojo por la ventana. Mi madre se queda muda. No puede creerse lo que acabo de hacer. Se levanta, guarda cuidadosamente el pañuelo en el bolso y abandona la vivienda sin decir palabra. Desde mi posición la veo salir del portal. Se detiene a recoger la comida que he tirado. Varios paquetes han reventado y su contenido está esparcido por la acera. Algunos viandantes la miran al pasar. Ella no les presta atención. Se limita a seleccionar lo salvable y el resto lo echa en un contenedor de basura. Después cruza la carretera y desaparece al doblar la esquina. Sobre la acera queda una mixtura de leche, yemas de huevo y yogur. Un cuadro abstracto que cada uno interpreta a su manera.

DEL FONDO - VICENTE MIÑOZ ÁLVAREZ & ANDRÉS CASCIANI

El túnel del horror que describe “Del fondo” no es el túnel de la bruja de un parque de atracciones con sus trampantojos ingenuos, charadas sangrientas y sustos de salón. Es un pasadizo involutivo y mutante que conduce interminable, como una pegajosa cinta de Moebius secretada por el putrefacto ano del universo, a los misterios más oscuros de la creación, a lo que se esconde tras la fachada temblorosa y llena de grietas de eso que llamamos ingenuamente realidad. Con Vicente y su doliente pueblo elegido, viajan también monstruosidades orgánicas vivas o no-muertas, criaturas de pesadilla surgidas de la coyunda bestial entre El Bosco y Lovecraft, Brueghel y Giger, Goya y Charles Burns, gloriosamente retratadas por las no menos visionarias y alucinadas ilustraciones de Andrés Casciani.
Jesús Palacios

DEL FONDO
Vicente Muñoz Álvarez & Andrés Casciani 
Prólogo por Jesús Palacios
Epílogo por Pablo Malmierca
Producciones Vinalia Trippers


jueves, 26 de octubre de 2017

SE RUEGA SILENCIO - CAPÍTULO 3

A última hora de la tarde he comprado un despertador de doble campana. Voy a normalizar mi horario. Madrugar. A ver si de esta forma consigo escribir con cierta regularidad. Al llegar a casa, me he dado cuenta de que, tanto las agujas como el segundero del despertador, coinciden exactamente con el de mi reloj de muñeca. Es una buena señal. Si quiero madrugar es mejor que me acueste pronto. Pongo el despertador a las ocho en punto. Mientras llega el sueño, trato de hacerme una idea global de la narración. De golpe, la imaginación se dispara. De la nada surgen multitud de imágenes, situaciones, diálogos y dramas. Me emociono con el flujo de ideas mientras los capítulos se amontonan en la cabeza. Cuando quiero darme cuenta, son las tres de la madrugada.
A las ocho suena el despertador. Apenas he pegado ojo. Salir de la cama me cuesta un tremendo esfuerzo. Estoy atontado y me duele la cabeza.
Después de desayunar, tomo asiento frente al ordenador. Me pregunto a dónde han ido a parar todas esas ideas que anoche se amontonaban en mi cabeza. Ahora mismo, ninguna de ellas se presta a ser escrita. Se me cierran los parpados. Joder, tengo el cerebro embotado y me muero de sueño. Me fijo en la pared que tengo enfrente. Sobre todo en las manchas de nicotina y humedad. Según repaso los contornos, estos se adaptan a mis pupilas y termino reconociendo en ellos siluetas de animales. Empiezo a teclear:
Esta casa se degrada día a día. Es un piso viejo, destartalado, que un amigo me prestó para que viviese en él hasta que encontrase algo mejor. De eso hace dos años…
Me atasco. Ha sido un breve arrebato que no compensa el madrugón. Me acerco a la ventana. En la calle, el ajetreo de la mañana. Es una escena que siempre me deprime. Hay algo en las primeras horas de un día laborable que las hace inherentes al desánimo. Vuelvo a tomar asiento frente al ordenador. Quiero seguir con lo escrito pero soy incapaz de añadir una palabra. Miro la hora: las nueve y trece. Me pregunto si los segunderos siguen coincidiendo. Para comprobarlo entro en el dormitorio. Coinciden. Me dejo caer en la cama y me arropo con la colcha. Es una buena señal, me digo.

GEORGE SAUNDERS - LIBROS DE RELATOS



CRUCES
George Saunders (Estados Unidos, 1958)

Todos los años, después de la cena de Acción de Gracias, mi padre sacaba el disfraz de Santa Claus y lo arrastraba hasta una suerte de cruz metálica que había levantado en el jardín. Nosotros formábamos una piña detrás de él y le seguíamos hasta que colocaba allí el disfraz. Durante la semana previa a la Super Bowl, la cruz lucía un jersey y el casco de Rod, y si este quería coger el casco, primero tenía que pedirle permiso a mi padre. El cuatro de julio, la cruz se convertía en el Tío Sam; el Día de los Veteranos, era un soldado; y en Halloween, un fantasma. Aquella cruz era la única concesión de mi padre a las fiestas. Por lo demás, no nos permitía sacar de la caja más de un lápiz de cera a la vez; una Nochebuena le gritó a Kimmie por desperdiciar un trozo de manzana; cada vez que nos poníamos kétchup, lo teníamos a él encima diciendo «Vale, vale, ya basta»; y en las fiestas de cumpleaños había magdalenas en lugar de helado. La primera vez que llevé allí a una cita, la chica me preguntó: ¿Qué es lo que pasa con tu padre y ese poste?, y lo único que pude hacer fue quedarme sentado pestañeando tontamente.
Con el tiempo, Kimmie, Rod y yo nos marchamos, nos casamos, tuvimos hijos y vimos florecer también en nosotros una semilla de mezquindad. Mientras tanto, mi padre empezó a vestir la cruz de forma cada vez más compleja y siguiendo una lógica apenas perceptible. El Día de la Marmota le puso una especie de abrigo de piel y colocó un foco para asegurar la sombra. Después de un terremoto que sacudió Chile, la tumbó y pintó una grieta en el suelo con un aerosol. Cuando mi madre murió, disfrazó a la cruz de Muerte y colgó del travesaño fotos de ella cuando era un bebé. Siempre que pasábamos por allí, encontrábamos amuletos extraños de su juventud dispuestos en torno a la base del poste: medallas del ejército, entradas de teatro, sudaderas viejas o tubos de maquillaje de mi madre.
Un otoño pintó la cruz de amarillo, la cubrió de algodón para proporcionarle abrigo ese invierno y le aseguró descendencia cruzando seis palos de madera y clavándolos a martillazos en diversos puntos del jardín. Tendió cuerdas entre la cruz grande y las tres pequeñas y pegó en ellas, utilizando cinta adhesiva, fichas de archivo en las que pedía disculpas, admitía errores y rogaba comprensión, todo con una caligrafía frenética. Colgó de la cruz metálica un rótulo en el que había escrito AMOR, hizo otro en el que escribió ¿ME PERDONAS?, y murió en el vestíbulo con la radio encendida. Poco después le vendimos la casa a una pareja joven que arrancó todo aquello y lo dejó en la calle el día de recogida de basura.

miércoles, 25 de octubre de 2017

SE RUEGA SILENCIO - CAPÍTULO 2

Esta casa se degrada día a día. Es un piso viejo, destartalado, que un amigo me prestó para que viviese en él hasta que encontrase algo mejor. De eso hace dos años. La vivienda está ubicada en el segundo piso del edificio nº1 de la calle Oviedo, cerca de la estación de autobuses. Un inmueble de tres plantas que comparto con un matrimonio que vive en el primero. El resto de los pisos están vacíos. El que habito no tiene agua caliente ni calefacción. Carece de ducha y de cualquiera de las comodidades que posee una casa normal. No me quejo, no pago alquiler. Tampoco gasto en electricidad, ya que al ser una casa antigua, el contador está dentro de la vivienda y lo tengo trucado.
Me vine aquí con el propósito de escribir una novela. Iluso de mí. Aparte de unos vanos intentos, lo único que he hecho en todo este tiempo es vaguear y colocarme. Miro a mi alrededor y me deprimo. Con el sol dando de lleno en las paredes quedan en evidencia las grietas, los desconchones, las manchas de nicotina y las huellas secas de humedad. La podredumbre se clava en las pupilas. Me asomo a la ventana. La tarde luce bonita. De nada sirve encerrarme si las palabras no acuden. Por otro lado, sé que lo que busco solo lo voy a encontrar dentro de mí, muy dentro, en las profundidades de mi ser. Llegar tan hondo, tan abajo, requiere esfuerzo. Para ello necesito arañar, escarbar, hurgar. Meter la mano y arrancar los sentimientos como si fueran las vísceras de un pescado. Ahora mismo estoy harto de mirarme las tripas y ver solamente el color de la hiel. Es triste pasar las horas, los días, los meses, incluso años, delante de un papel en blanco. Desperdiciando una vida entera en ello.


LIBROS CON SOBRESALIENTE





domingo, 22 de octubre de 2017

SE RUEGA SILENCIO - CAPÍTULO 1

Logroño. 17 de julio de 1999. Hoy cumplo treinta y cinco años. No hay felicitaciones. No las necesito. Yo tampoco acostumbro a felicitar a nadie.
Estoy sentado frente a la lavadora. Observo cómo el tambor da vueltas a toda velocidad en el programa de centrifugado. No tengo otra cosa mejor que hacer que contemplar la carcasa de poliuretano transparente. Un cíclope de pupila veloz con el que mantengo una lucha de miradas. La fuerza centrífuga ha hecho de las prendas una masa compacta y multicolor que gira y gira precipitadamente dejando un vórtice en el centro. Pasan los minutos y sigo hipnotizado por el movimiento constante de los círculos concéntricos. Permanezco atento sin nada que me distraiga. Giros y más giros. Ziung-ziung-ziung-ziung… Ahora, el ojo de buey es un agujero negro, mejor aún, un gran remolino en medio del océano. Ziung-ziung-ziung-ziung-ziung… Un ciclón. Un huracán. Ziung-ziung-ziung-ziung… El movimiento va decelerando. Zi-ung… zi-ung… zi-ung… z-i-u-n-g… El programa de lavado ha acabado. Poco a poco el tambor deja de rotar hasta que se detiene. Llaman al timbre. Es el Culebras. Dice que tiene prisa, que no puede quedarse porque debe atender a otros clientes. Le pago con mis últimos ahorros y se va. Me quedo a solas con las moscas.
El humo denso, pegajoso y dulzón entra en mis pulmones. Mientras, el sol dibuja rectángulos en las paredes. El salón se va llenando de humo y jazz. Louis Armstrong, hace sonar su trompeta, Ella Fitzgerald, pone la voz. Hachís y jazz. La mezcla me lleva a dobles dimensiones y universos alterados. Paz, sosiego y espirales de humo… Tendría que escribir. Llevo semanas sin hacerlo. Debería ponerme a ello. Agarrar lo que llevo dentro y sacarlo fuera, plasmarlo. Decir que estoy harto, que no puedo más, que me hundo y no sé hacia dónde tirar. Cortázar decía: Siempre hay que mirar hacia adelante. Yo prefiero mirar hacia dentro. En lo más profundo de mí es donde están las palabras. Las mías. Me pongo frente al teclado y escribo:
Logroño. 17 de julio del 1999. Hoy cumplo treinta y cinco años. No hay felicitaciones. No las necesito. Yo tampoco acostumbro a felicitar a nadie. Estoy sentado frente a la lavadora. Observo cómo el tambor da vueltas a toda velocidad en el programa de centrifugado. No tengo otra cosa mejor que hacer que contemplar la carcasa de poliuretano transparente. Un cíclope de pupila veloz con el que mantengo una lucha de miradas…
Hace demasiado calor. El bochorno se pega al cuerpo como una segunda piel, asfixiándome. Es mejor fumar y dejarse llevar por el razonamiento de la pereza. Louis toca la trompeta, Fitzgerald canta y yo fumo. Cada uno a su tarea. Cada cual con su instrumento. Siento ese letargo especial. El tiempo se detiene dentro de la habitación mientras el mundo exterior sigue con su frenético avance. Entra Nico. Va directamente a tumbarse en el centro del sofá. El gato se estira y deja la cabeza colgando. Tal vez, debería escribir sobre él. Incluso Burroughs escribió un libro sobre gatos. Pero no, prefiero seguir fumando. 

DEL FONDO - VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ & ANDRÉS CASCIANI - VINALIA TRIPPERS PRODUCIONES

La nueva joya de nuestra corona, de la mano de Producciones Vinalia Trippers, pronto en la Tierra:

DEL FONDO

El túnel del horror que describe “Del fondo” no es el túnel de la bruja de un parque de atracciones con sus trampantojos ingenuos, charadas sangrientas y sustos de salón. Es un pasadizo involutivo y mutante que conduce interminable, como una pegajosa cinta de Moebius secretada por el putrefacto ano del universo, a los misterios más oscuros de la creación, a lo que se esconde tras la fachada temblorosa y llena de grietas de eso que llamamos ingenuamente realidad. Con Vicente y su doliente pueblo elegido, viajan también monstruosidades orgánicas vivas o no-muertas, criaturas de pesadilla surgidas de la coyunda bestial entre El Bosco y Lovecraft, Brueghel y Giger, Goya y Charles Burns, gloriosamente retratadas por las no menos visionarias y alucinadas ilustraciones de Andrés Casciani.
Jesús Palacios

DEL FONDO
Vicente Muñoz Álvarez & Andrés Casciani

Prólogo por Jesús Palacios
Epílogo por Pablo Antonio García Malmierca

Producciones Vinalia Trippers

http://mividaenlapenumbra-vinaliatrippers.blogspot.com.es/2017/10/vinalia-trippers-presenta.html

https://vinaliaplan9espacio.blogspot.com.es/2017/10/del-fondo.html?spref=fb

sábado, 21 de octubre de 2017

LOUIS-FERDINAND CÉLINE



JEAN GENET



Algunas de sus obras:

Autobiografía
Diario del ladrón (1949)

Novelas
Santa María de las Flores (1944)
El milagro de la rosa (1946)
Pompas fúnebres (1947)
Querelle de Brest (1947)

Teatro
Las criadas (1947)
Severa vigilancia (1949)
El balcón (1956)
Los negros (1959)
Los biombos (1961)
"Elle (1989)
"Splendid's (1993)
"Le bagne" (1994)

Poesía
El condenado a muerte (1942)
"La Galère" (1944)
"Chants secrets" (Le Condamné à mort, Marche funèbre), L'Arbalète, Décines (Lyon), 1945.
"Un chant d'amour" (1946)
"Le Pêcheur du Suquet" (1946)

jueves, 19 de octubre de 2017

PRÓXIMAMENTE EN DIRTY WORKS: FURTIVOS de TOM FRANKLIN

DIRTY WORKS se complace en presentarles el primer libro de relatos de TOM FRANKLIN, FURTIVOS, un viaje a los condados boscosos que se extienden entre los ríos Alabama y Tombigbee, la zona baja de Alabama, frondosa, verde y llena de muerte.

«Con esta colección de maridos lamentables, colegas inútiles y matrimonios desgastados, es como si el autor hubiese secuestrado a los personajes de RAYMOND CARVER y los hubiese dejado a su suerte en el Sur Profundo.»
NEW YORK TIMES BOOK REVIEW 

Preventa con regalo exclusivo aquí: 

domingo, 15 de octubre de 2017

BANDERAS

Que yo recuerde nunca he enarbolado una bandera. No me gustan, ninguna de ellas. Pero si tuviera que elegir una sería ésta: la foto que tomó de la Tierra la Sonda Cassini al pasar junto a Saturno. Un diminuto punto de luz que apenas se distingue en medio del negro infinito. Esa sería mi bandera, una que no ensalce la grandeza de nada, todo lo contrario, que nos recuerde constantemente lo pequeños que somos.

pepe pereza

jueves, 5 de octubre de 2017

"CON CUERPO DE TINTA" UN ESPACIO RADIOFÓNICO CAPITANEADO POR JOSÉ ÁNGEL DE DIOS

(Dibujo de David Sánchez)

Aquí tenéis el primer programa de "Con cuerpo de tinta", un espacio radiofónico de La veu d'Ondara dedicado al cómic y a la literatura.
En este primer programa, entrevistamos al autor de cómic David Sánchez, hablamos de "Se ruega silencio" de Pepe Pereza y analizamos "Rebelión en la granja" de George Orwell.