martes, 11 de julio de 2017

EL CUADRO

Un adolescente le adelanta y al pasar por su lado le dice:
-Señor, el móvil le está sonando.
David no hace caso y sigue caminando bajo la lluvia. Lo primero que hace al llegar al estudio que tiene alquilado es encender la estufa. Seguidamente deja el abrigo en el perchero y se pone un albornoz lleno de manchas de pintura. Nota el calcetín izquierdo empapado. Examina la suela de la bota. Está desgastada y parte del reborde que la une al cuero está descosido. Es por ahí por donde se cuela el agua. En verano la lluvia dota a las calles de frescor y cierta melancolía. En invierno, las impregna de una tristeza sólida e indeleble. Está cansado del frío y de la rutina de los días lluviosos. Se descalza y deja las botas y los calcetines al lado de la estufa. Se pone unas zapatillas viejas que también están manchadas con restos de pintura. Aparta la sábana que cubre el caballete y deja al descubierto el cuadro en el que está trabajando. Enciende un cigarro y se sienta en un viejo sillón para contemplar la pintura. Lo que está en el lienzo no termina de convencerle. Hay algo que no funciona. El cuadro mide metro y medio de largo por uno treinta de ancho. Sobre la tela hay dos sombras negras y alargadas que destacan sobre un fondo gris azulado. La nota de color está repartida con una serie de salpicaduras rojas y amarillas distribuidas en el margen izquierdo. Antes de morir, Van Gogh dijo que en el futuro esperaba que la gente se diera cuenta de que sus cuadros valían más que los colores con los que estaban pintados. David se pregunta si su cuadro está por encima del valor de la pintura que lo cubre. El móvil vuelve a sonar. Cuando para, empieza a hacerlo el teléfono fijo. Hace oídos sordos y continúa examinando el lienzo.
No consigue hallar una solución que mejore la pintura. De nada sirve obcecarse cuando la cosa no funciona. De repente, huele a quemado. Uno de los calcetines está echando humo. Lo aparta de la estufa y lo golpea contra el suelo para apagar los rescoldos que consumen las fibras de algodón. Ha quedado un agujero con los bordes chamuscados en la parte del talón. Lo bueno es que está seco. Las botas también y guardan calor en el interior. Se las pone. Es agradable sentir los pies calientes. Decide hacer una pausa para almorzar.
La cafetería de al lado es un sitio que suele frecuentar. Un lugar hogareño donde pasar un rato agradable. Además, los dueños tienen el buen gusto de amenizar el local con jazz. Se acerca a la barra, pide un pincho de tortilla y una cerveza y se acomoda en una de las mesas del fondo. Le gusta sentarse ahí porque tiene una buena panorámica y es el sitio ideal para observar al personal y tomar apuntes del natural en la libreta. Unas mesas más allá está sentada una mujer leyendo un libro. Muestra una media sonrisa que de inmediato capta la atención de David. Traza unas líneas rápidas sobre una servilleta de papel del gesto de la mujer. El boceto no está mal pero se puede mejorar. Saca la libreta y empieza de nuevo. La mujer debe estar leyendo algo divertido porque la sonrisa termina de dibujarse en su cara. Él quiere plasmar en el papel lo que captan sus ojos. En ese momento interviene uno de los camareros.
-Si no va a contestar, le sugiero que desconecte el móvil.
David se disculpa y silencia el aparato. Después de que el camarero se haya ido, retoma el boceto. Se siente inspirado y con mano segura a la hora de trazar. Mientras bosqueja hace conjeturas sobre ella. Está claro que le gusta la lectura y a juzgar por cómo sigue el ritmo de la música con el pie, también el jazz. Puede que sea profesora de literatura o bibliotecaria, quizás escritora. A primera vista se aprecia que es una persona de fuerte personalidad, inteligente, con un gusto acusado por la cultura. Seguro que su conversación es agradable y fluida. En tocante al sexo, sospecha que es apasionada y con ganas de experimentar. Dicen que en este universo todo está conectado. ¿Cuál es la conexión que le une con esa mujer? Le gustaría saberlo. Se la imagina leyendo en un rincón del estudio mientras él trabaja con sus pinturas. Una imagen disfrazada de realidad que le incita a seguir soñando. Pero en ese momento, la mujer cierra el libro, se levanta y sale del local. Él siente la necesidad de seguirla. En vez de eso, se queda en su asiento viéndola a través de la cristalera cómo abre el paraguas y desaparece por uno de los laterales. Se resigna a dejar el boceto inacabado y a pasar página. Un poco más allá un anciano se ha quedado dormido con el periódico abierto en el regazo. En frente de él una taza de café aguarda sobre la mesa, junto a un cruasán mordido. Le gusta la estampa y empieza a dibujarla.
En un momento dado, el anciano se desploma sobre la mesa volcando la taza de café. Uno de los camareros se acerca a ver qué pasa. Enseguida se da cuenta de que algo no va bien.
-Que alguien llame a una ambulancia –grita a los presentes.
Acuesta al anciano en el suelo y trata de reanimarlo haciéndole el boca a boca y presionándole el pecho. Todo el esfuerzo es en balde, el hombre lleva muerto desde hace más de media hora.

Al entrar en el estudio el timbre del teléfono fijo está sonando. Deja el abrigo en el perchero y se pone el albornoz. Se quita las botas, las deja junto a la estufa y se calza las zapatillas. Después se sitúa frente al cuadro. Está claro que algo no funciona. Abre varios botes de pintura. Aplica sobre la tela varios brochazos, dejándose llevar por su instinto. Cambia de pinceles y de colores, añade nuevas texturas… Después de un rato, se sienta en el sillón. Pese a su empeño el cuadro sigue sin funcionar. Está harto y le duele la cabeza. El condenado teléfono no ha parado de sonar desde que ha llegado. Descuelga el auricular. Al otro lado de la línea alguien enciende un cigarro. Se puede escuchar claramente el chasquido del mechero y la aspiración profunda que lleva el humo a los pulmones. David hace lo mismo. Se enciende un cigarro y fuma con el auricular pegado a la oreja. Quién sea que llama siempre sigue la misma pauta: fuma y se mantiene callado. Al principio intentaba que hablase. Le ofrecía conversación para ver si podía averiguar algo de esa persona. Pero el otro nunca se dignó a contestar, así que dejó de intentarlo. A día de hoy, David se limita a fumar con el auricular pegado a la oreja. Una vez terminado el cigarro, cuelga y se concentra en la pintura. El problema con el cuadro, ahora lo ve claro, es que no dice nada, igual que el individuo que llama por teléfono. Lo aparta a un lado y deja sitio en el caballete para un lienzo en blanco.

pepe pereza

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