domingo, 9 de julio de 2017

LA ARAÑA

La buhardilla es vieja, fea, húmeda y sin comodidades. Cualquier adjetivo peyorativo valdría para definir parte, o un todo, de la vivienda. En apenas veinte metros cuadrados se distribuyen un diminuto baño, una cocina encajada en cuatro baldosas, y una especie de habitáculo que lo mismo sirve de salón que de dormitorio, según convenga. El mozo que ha ayudado a Miguel con la mudanza se acaba de ir y el poco espacio que ofrece la estancia está ocupado por una docena de cajas sin desembalar. Cuando la encargada del alquiler le enseñó la buhardilla, la luz diurna entraba por las ventanas y entonces no le pareció tan deprimente como ahora que la ve bajo el tenue resplandor de una bombilla. Va al baño. Hay una telaraña enorme que se despliega desde el techo hasta paredes. Mira por los rincones intentando localizar al artífice de tan colosal obra. No le dan miedo las arañas, pero por el tamaño de su tela conviene ser precavido. Con la escobilla del váter retira las hebras. La araña no aparece por ningún lado, y eso que la busca detrás del lavabo y del retrete. Mea y sale del baño. Después de todo un día de ajetreo se siente cansado y quiere acostarse. Para desplegar el sofá-cama debe dejar sitio libre, así que apila las cajas junto a la pared. Una vez extendido el colchón se tumba sobre él, se enciende un cigarro y espera a que vaya llegando el sueño. El cuerpo le pide descanso, pero la cabeza no deja de plantearle preguntas para las que no hay respuestas. Qué feas se ven las cosas cuando el futuro está iluminado con una bombilla de cuarenta vatios.
En mitad de la noche se despierta tiritando. No está acostumbrado a dormir solo y echa de menos el calor de otro cuerpo. Salta de la cama y se acerca a la ventana. Ha nevado. Los tejados están blancos y el frío se filtra por paredes, techo y suelo. Puede notarlo, sobre todo en los pies. La temperatura es tan baja que parece que esté dentro de una cámara frigorífica. De su boca salen bocanadas visibles de vapor que empañan los cristales. Busca ropa de abrigo en las cajas y se la pone por encima. Sobre el edredón pone el albornoz y el abrigo a modo de mantas. Vuelve a meterme en la cama e intenta dormir.
No ha podido pegar ojo en toda la noche a causa del frío, así que lo primero que hace al levantarse es bajar a la calle y comprar un calefactor. La buhardilla es pequeña y cree que con el aparato será suficiente para caldear el ambiente.
Fuera sigue nevando. El calefactor lleva encendido desde hace más de una hora y el cambio de temperatura casi no se nota. Suena el móvil. Es ella, su ex. El pulso se le acelera y empiezan a temblarle las manos. Coge aire y se arma de valor antes de contestar.
-¿Cuándo vas a venir a recoger el resto de tus cosas? -pregunta la mujer.
-Me he traído todo lo que necesito, con lo demás puedes hacer lo que quieras.
-¿Estás seguro?
-Sí.
-Por cierto, acuérdate de que pasado mañana firmamos los papeles. No faltes.
-Allí estaré.
Después de colgar se acerca al baño. Al entrar se lleva por delante una nueva telaraña. La fibra se adhiere a él como una segunda piel. Se quita las hebras de encima y con la escobilla del váter vuelve a retirar las que quedan en las paredes y en el techo. Echa un vistazo por los todos los rincones en busca de la araña, pero no la encuentra.
Una vez desembaladas las cajas y ordenado cada cosa en su sitio, la buhardilla empieza a parecer un verdadero hogar. La tarea le ha costado casi todo el día y se siente satisfecho con el resultado. Además, estando ocupado evita quebrarse la cabeza con cosas que ya no tienen solución. A pesar del ajetreo sigue teniendo frío. Lo malo con el calefactor es que solo es eficaz si se está cerca de él. Comprarlo ha sido una pérdida de tiempo y de dinero. Es hora de preparar la cena. Será la primera vez que cocine en la casa y para celebrarlo abrirá una botella de vino.
A la mañana siguiente se despierta con resaca y un malestar en el cuerpo que roza la enfermedad. No ha parado de toser en toda la noche y es posible que tenga fiebre. Para más inri, en cuando pone los pies en el suelo suena el móvil. El timbre es el equivalente a una broca taladrándole la sien. El que llama es su abogado.
-Te recuerdo que mañana tenemos cita con tu ex.
-Descuida, lo tengo presente.
-¿Quieres que quedemos media hora antes para darle un repaso a los papeles?
-No, ya está todo repasado.
-Como quieras. Entonces, nos vemos allí.
Deja el móvil sobre la mesilla y termina de vestirse. Por mucha ropa que se pone no termina de entrar en calor, ni de toser. Además, siente que la cabeza le va a reventar. Se arrepiente por haber bebido tanto la noche anterior. El alcohol no le sienta bien. Sus borracheras nunca han sido divertidas. Que él recuerde siempre que se ha pasado con la bebida ha terminado pagándolo. Le dan náuseas y corre al retrete a vomitar.
Una vez expulsado del cuerpo todo lo que el estómago se niega a digerir llega un momento de respiro. Entonces ve una nueva telaraña. Esta vez es más pequeña y solo ocupa una esquina del techo. La retira con la escobilla. Si quiere que la araña se marche tendrá que facilitarle una salida. Deja el ventanuco abierto y sale del baño cerrando la puerta. Si el bicho no se va, al menos cabe la posibilidad de que muera de hipotermia.
            Está a punto de amanecer. Miguel apaga el despertador unos minutos antes de que suene la alarma. No ha dormido en toda la noche pensando en la cita con su ex y los abogados. No quiere salir de la cama. Solo pensar que tiene que acudir a un despacho y firmar unos ridículos papeles de separación le deprime y le enferma más de lo que está.
     Han pasado dos horas y sigue sin levantarse. Según las manecillas del reloj ya tendría que estar en el lugar de la cita. Apaga el cigarro y se enciende otro. Le llaman al móvil. Pone el aparato en modo silencio y sigue fumando.
Es mediodía. Se despierta con la vejiga hinchada. Necesita vaciarla urgentemente. Se levanta de la cama y se pone el albornoz. Ve que en el móvil le han dejado varios mensajes, además de docenas de llamadas perdidas de su abogado y de su ex. Conociéndola sabe que debe estar de un humor de perros. Tendrá que buscar una buena excusa para justificar el plantón. Ya pensará en algo cuando se encuentre mejor. Al entrar en el baño se encuentra con una telaraña. De ella cuelga una envoltura del tamaño de un puño de la que sobresale el ala de un murciélago. Un péndulo macabro que no deja de ser una declaración de intenciones por parte de la araña. Así lo entiende él. Con la ejecución del murciélago está dejando claro que no se va a mover de ahí, que ese es su territorio y, pase lo que pase, lo seguirá siendo. Cierra el ventanuco y mea. Esta vez no retira la telaraña, se siente tan débil que teme quedar enredado en ella.

pepe pereza

No hay comentarios: